Escritor, Artista Digital, Ingeniero Electricista y Abogado, consultor en materia de regulación de servicios públicos y escritor ocasional de artículos de prensa, cuentos y poemas.
lunes, diciembre 31, 2012
Tiempo escaso
domingo, diciembre 30, 2012
Salto en el 2012
miércoles, diciembre 19, 2012
¿Para quién es el discurso político?
Declaración de Rebeldía
viernes, julio 11, 2008
Ausencia
Desde hace un par de años he dejado de añadir escritos a mi blog debido a que he estado acumulando material para publicar un libro, llevado por la idea de que podrían haber unos cuantos que serían capaces de pagar por leer algo de lo que escribo, lo cual para mi sería no sólo un honor, sino un alimento extremadamente necesario para mi bolsillo en estos tiempos de escasez. Así que les pido disculpas... mmm... les doy disculpas... mejor se las pido para que las inventen ustedes. Espero que pronto puedan leerme en un libro.
Simón Saturno.
Julio 11, 2008
Se busca psicópata
Según un mensaje de correo electrónico que recibí recientemente de una amiga, un famoso psicólogo americano, ideó una prueba que se utiliza para comprobar si una persona tiene mentalidad de asesino. Muchos asesinos en serie detenidos han participado en la prueba y han acertado la respuesta. Se trata de leer un texto breve y contestar una pregunta.
El texto
Una mujer, mientras asistía al funeral de su madre, vio a un hombre que no conocía. Pensó que ese era el hombre de su vida, tanto que se enamoró de él en aquel momento, pero no le pidió ni nombre ni teléfono y ya no pudo verlo de nuevo. Unos días más tarde esta mujer mató a su hermana.
La pregunta
¿Por qué la mató?
Al entrevistado se le da algún tiempo para pensar la respuesta.
La respuesta
Esperaba que el hombre apareciera de nuevo en el funeral de su hermana.
Mi respuesta
No respondí correctamente, pero te prometo que la próxima vez sí lo haré.
Simón.
P.S.: ¿Cuál fue mi respuesta? Pues muy sencilla: Que su hermana le dijo "¡Yo lo vi primero!" y ellas desde pequeñas habían sido muy respetuosas de esas prelaciones, tú sabes, y como su hermana siempre había sido un poquito más despierta y de inquieta mirada, pues por lo general -para no decir siempre- se le adelantaba en lo de ver primero. Ella -la homicida- trató durante muchos años de inventar algo para lo que "ver de segunda" fuera lo que acreditara el premio, pero su cabeza no le daba para tanto y ella no era mujer de soluciones muy estudiadas, además de que no estaba dispuesta a esperar el juicio final en el que, según le prometía el cura de la parroquia, los últimos serían los primeros, por más que le sazonara el cuento con que al momento de la resurrección de los muertos la carne estaría muy fresca. Total, que día a día, mes a mes, año a año, Homi -así la llamaremos por cariño en lo sucesivo- fue acumulando el resentimiento de ser la segundona en lo de detectar partidos, además de que su hermana -a la que llamaremos por cariño en lo sucesivo Kapy, por kaput- no era muy amiga de las relaciones duraderas, porque también se inclinaba por la carne fresca y decía que después de la primera experiencia sexual el hombre sabe a carne de parrilla chupada y, aunque yo nunca la he probado -excepto una vez que cansado de masticar y masticar un duro trozo de bistec sin poder tragarlo decidí ponerlo de nuevo en el plato y mi padre, muy amante de la carne para angustia de mi sacrificada madre, me obligó a comerlo y no recuerdo cómo me supo- suena asqueroso e insípido, y Homi no era plato de segunda mesa... bueno, al menos en este aspecto. Como decía, pues, con el paso del tiempo -que siempre pasa de manera continua y no día a día o mes a mes o año a año, de tal manera que uno ni cuenta se da- Homi fue envejeciendo como cualquier ser humano que deja que el tiempo haga lo que le da la gana con él, y fue percibiendo en la piel alrededor de sus ojos unas finas rayitas, muy graciosas cuando ella reía, pero que les dio por quedarse ahí aunque ella no estuviera riendo, al igual que las dos líneas que bajaban de ambos lados de su nariz hasta casi la comisura de los labios y otras en el cuello que ni estirándolo como jirafa desaparecían, y empezó a pensar que la oportunidad de encontrar al hombre ideal -y de que este no volteara para otro lado en busca de pieles más lisas- podría perderse, y empezó a desesperarse. La muerte de Mommie -así llamaremos por cariño a la mamá muerta y seguramente momificada- sumió a Homi en un profundo cavilar -valga el hipérbole- sobre la muerte, la edad, las arrugas (dejémonos de eufemismos) y las oportunidades perdidas, porque dicho sea de paso, la historia de la madre es digna de que nos desviemos... pero no lo vamos a hacer, y en eso estaba Homi cuando vio al galán aquel que se inclinaba sobre la urna a echar un vistazo a la madre de la chica a la que acababa de conocer en el cafetín de la funeraria -la futura Kapy- que aunque con la boca llena de un bocado de sánduche de jamón y queso se veía bonita y tenía un cuerpo como para jamón y queso, porque el tipo de que era previsivo era previsivo, porque eso de acabar de conocer a una chica y déjame ver cómo es la madre por más muerta que esté porque uno nunca sabe si esto que empiezo a sentir por esa jeva, que confieso que por lo pronto no es más que ganas de llevármela a la cama, pero uno es un casabe, como dijo el filósofo llanero para no repetir lo de que uno nunca sabe, y resulta que la jeva se me mete entre ceja y ceja y acabo haciendo vida con ella y déjame ver cómo va a ser cuando viejita, y en esa comprobación estaba cuando Homi lo vio y dijo este es mío y la desesperación se le hizo enamoramiento y emoción y se fue corriendo a buscar a Kapy porque esta vez yo sí lo vi primero y no la encontró de momento, y llegó el cura para la oración final antes de que se lleven la urna y después la busco, se dijo, y después con los llantos y las condolencias y los pésames y la cargadera de coronas, y mira que puse bien en el aviso del periódico que no trajeran flores, y yo me llevo la cruz de crisantemos blancos y la otra oración del cura al lado de la urna justo antes de meterla en el incinerador, y después que si me voy contigo o que si agarro el carro de la funeraria- fúnebre porque así debe ser- pues se le pasó la ocasión de decirle a Kapy yo lo vi primero, además que el mangazo desapareció porque no volví a verlo y no nos acompañó y mejor así porque así mi hermana no me viene con el cuento de que lo vio primero y ya veré cómo averiguo para saber quién es, y total que cayó y calló la tarde y se acabaron los pasapalos en la casa de Homi y el vinito y el güisquicito y empezaron a irse los condolientes y Homi dio cualquier excusa y salió volando para la funeraria sin esperar a que se fueran todos y dejó a la hermana con ese gallo muerto, porque para Homi lo único importante era encontrar al amor de su vida y se recorrió todas las salas de la funeraria como un ladrón de sepelios cualquiera y nada que lo encontró y entonces se puso a preguntar a los hijos, sobrinos y demás deudos si sabían del mango con corbata vino tinto y mechón de pelo que le caía sobre la frente y nada, y cuando ya casi que se daba por vencida se fue a administración y de tanta lloradera porque para inventar cuentos estaba mandada a hacer, le dijeron el nombre y el teléfono de la viuda del que estaban velando antes en la capilla de al lado y que ya se fueron, y Homi dejó pasar el día comiéndose las uñas y al siguiente llamó a la viuda y le inventó un cuento chino que es como para desviarse del tema, para preguntarle sobre el mango con corbata y mechón, y la señora le dijo que sabía quién era y déme su teléfono le dijo Homi y la señora no déme usted el suyo y yo le digo que la llame, y Homi se pasó el resto del día en casa al lado del teléfono y nada y el día siguiente también y al tercer día resucitó la hermana, aunque la que estaba prácticamente muerta de angustia era Homi, a tal punto que a las líneas alrededor de sus ojos se habían sumado unas ojeras grisáceas, pero para Homi ver a Kapy fue como un nuevo aliento de emoción y se dispuso a contarle la razón de su desvelo y, hermana, te cuento que en el funeral vi a tremendo galán que se asomaba a la urna de nuestra madre que en paz descanse, y el tipo casi me hizo olvidar por qué estaba yo ahí porque en mi cabeza sólo pensaba que yo estaba ahí para encontrarme con él porque así son las cosas en este mundo, aunque yo no soy destinista, y te juro que fue amor a primera vista y no sé cómo voy a hacer para saber si no me llama y cómo encontrarlo de nuevo, pero de que lo encuentro lo encuentro, y viene Kapy y le pregunta hecha la gafa ¿uno con una corbata vino tinto y un mechón de cabello que le caía sobre la frente?, y Homi no pudo decir que no porque ése era y el piso bajo sus pies parecía derrumbarse porque ella lo vio primero y capaz que lo dice y trágame tierra porque no soy nada sin él -en este momento Homi casi que podría ganarse un Grammy al mejor ballenato si escribe lo que le pasa por la mente- y entonces, como en cámara lenta, vio cómo los labios de su hermana iniciaban el movimiento para pronunciar la y griega, que no sé para qué digo y griega como si hubiera alguna y que no fuera griega o una i que no fuera latina, la y griega, decía, del yo lo vi primero, y de ahí en adelante Homi no supo de sí y no sabe si fue con la bandeja que se había quedado sobre la mesa de la sala con las migajas de pasapalos, porque Kapy no era de las que ayudan a recoger si no es en su casa y todavía estaban ahí las bandejas y los vasos y las botellas vacías, o fue con una botella rota o un vaso roto, sírvame mesero en el vaso roto que quiero tomar en ese vaso roto y que me corte los labios o mejor que se los corte a ella para que no diga yo lo vi primero, o si fue con el jarrón de las cenizas de Mommie, porque dicen que el cadáver de Kapy estaba cubierto de cenizas. Lo que haya sido -la bandeja, la botella, el vaso, el jarrón- no llegó a tiempo: Kapy logró pronunciar, justo antes de su último grito de horror, aquella frase que tantas veces había escuchado Homi: ¡Yo lo vi primero! Lo demás… no importa.
viernes, agosto 04, 2006
Regalo de cumpleaños para el yerno
La mujer, en su casa, pensando y haciendo mil cosas a la vez, para que cuando el conductor de su vida llegara, creyera que aquello siempre era un remanso de paz, alegría, pulcritud, inocencia, moral y luces y comida caliente, en el que él de vez en cuando, para que la mujer no se embruteciera por falta de conocimiento sobre el mundo externo, relataba de manera general lo que había hecho en el día, mientras ella se hacía la gafa con expresión de admiración, como si no se hubiera enterado ya por los caminos verdes o por su olfato e intuición, de todo lo que había hecho el tipo. La televisión, a través de las novelas, informaba a las mujeres de lo que eran capaces sus maridos, según los guiones inventados por quién sabe qué escritor frustrado o mal asesorado en cuanto a lo que era la información veraz y oportuna; y los teléfonos les permitían encompincharse con las secretarias de sus maridos no sólo para seguirles la pista de todos sus movimientos, sino para conocer de sus negocios, sus verdaderos ingresos y sus triunfos y fracasos, de manera de saber si condimentar la comida con sal, pimienta y especias, o con imperceptibles porciones de arsénico.
A algún empresario codicioso demasiado viejo para levantarse nada se le ocurrió, por allá a mediados de siglo, que en lugar de pagarle a un hombre un sueldo suficiente para mantener a su familia –esposa, amante e hijos respectivos- podía pagarle menos a una mujer por hacer lo mismo de mejor manera, y ahí empezó a armarse el inmenso pastel en el que se ha convertido el mundo en que vivimos. Esta política resultó ser mucho mejor para los negocios que la de liberar a los esclavos, cuando se descubrió que mantenerlos era mucho más costoso que pagarles un sueldo por idéntico trabajo y darles un pedazo de tierra para que se medio mantuvieran por sí mismos. Las mujeres, con tanto tiempo para pensar, metidas en sus casas, y con la información suministrada por las secretarias y compañeras de trabajo de sus maridos, habían acumulado tal grado de conocimiento, que pudieron sustituirlos y desempeñarse con suficiencia, y como darle trabajo a una mujer era considerado como un favor que se les hacía, se les pagaba menos. Para defender sus posibilidades de trabajo y mejores salarios, las mujeres inventaron la especie de que ellas y los hombres podían hacer los mismos trabajos, lo cual fue defendido por homosexuales y empresarios frustrados solteros o viudos y divorciados antes de tiempo, es decir, antes del entendimiento.
Y de “hacer los mismos trabajos”, por cuestiones de sinonimia, los hombres pasaron a “hacer las mismas labores”; y por cuestiones de acepción y uso y costumbre, a coser y bordar y a las labores del hogar y a la cría de los muchachos, hasta que hoy en día no es raro ver a un hombre, haciendo gala de la contradicción con su propia esencia, muy lindo con su delantal pasando aspiradora en la casa, preparando la comida de los chamos y la de la mujer para cuando llegue del trabajo o de echarse un palo con los compañeros de oficina solteros, y hasta mareándose y vomitando cuando la mujer está en estado. Y ahora -yo que te lo digo yerno: estás jodido- tienes que ocuparte de los hijos desde antes de que nazcan, no tanto acompañando a la mujer a comprarle todo lo innecesario hasta que el presupuesto aguante y un poco más, sino haciéndole seguimiento al crecimiento de la panza, complaciendo antojos inexplicables y educando al aún-no-nato con música y luces a partir de la semana de embarazo en que empiezan a funcionarle los oídos y los ojos, porque si no estás pendiente o no lo haces regularmente eres un mal padre de un hijo que aún no ves.
Pero la historia venía por lo del cumpleaños. Ahora no es como hasta hace poco, que cuando nacía un hijo los regalos de cumpleaños de la mamá eran cosas para el bebé y la madre feliz y contenta y hasta desilusionada al abrir el paquete si le regalaban algo para ella mujer femenina coqueta y no para el bebé, sino que ahora metieron al papá en ese embrollo, y en lugar de la tradicional corbata o el bolígrafo o la billetera o la calculadora de bolsillo o los pañuelos regalados por los amigos, o las medias o interiores regalados por la mamá o las hermanas, te regalan una caja de pañales desechables o el último grito de la moda en teteros con tetinas igualitas a una teta materna que hasta a uno le dan ganas, o un par de chupones con cubierta protectora plegadiza que se cierra antes de caer al suelo, o un juego de vaso y plato con ventosas para que se peguen de la mesa que ni uno mismo puede despegarlos, con cuchara torcida como si se hubiera derretido por meterla en el horno. Pero la cosa no se detiene, y de ahí mi regalo para el yerno, porque el asunto empieza aunque no haya nacido el hijo, y si tu cumpleaños cae mientras tu mujer está embarazada, los regalos serán libros de cómo enseñarle matemáticas al carajito o carajita mientras está en el útero, cómo prepararlo desde antes de que nazca para que sea un Einstein pero no tan ingenuo, cómo enseñarle a distinguir quién es el director en dos interpretaciones de la misma obra de Mozart cuando tú todavía no eres capaz de discernir entre Beethoven y Karl Off, o un libro de recetas con las mejores combinaciones de yerbas, semillas y fibra para que el bebé nazca limpiecito, bien lubricado para que salga suavecito y bien mosca para que pele los ojos por si se topa con un médico obsoleto de los que quieren pegarle una nalgada si no escuchan llanto, o uno de ejercicios para el bebé en el vientre para que nazca rompiendo records de natación o bateando más jonrones que Samy Sosa en su mejor temporada.
Y como yo ya estoy contaminado por los vientos que soplan, ahí está ese regalo para el yerno: música para panzas, de Mozart, y videos para proyectarlos en el ombligo de la embarazada. Siento no haber encontrado el cinturón sonovibrador lumínico inteligente; el que se le coloca a la mujer alrededor de la barriga para preparar al bebé para este mundo de ruidos, sonidos, resplandores, luces, vibraciones y movimientos, para que cuando nazca duerma como un lirón por más que a su alrededor haya tremendo bonche, una competencia de fuegos artificiales o un catastrófico terremoto, que sí habría sido un regalo especial para el yerno.
Simón Saturno
Agosto 04, 2006
viernes, junio 16, 2006
El lápiz labial
El sonido del objeto rodando sobre el piso metálico estriado atrae la mirada de una pasajera ubicada al otro lado del pasillo, una fila adelante: una mujer de piel morena oscura, cabello rizado peinado en delgadas trencitas y recogido en cola; las chancletas de plástico rojo desteñido, que dejan ver las desteñidas plantas de sus pies, son signo de su condición humilde, característica inseparable de la pobreza económica. La mujer ve el lápiz labial en el piso, entrecierra los ojos para enfocar su visión, afectada por la edad, y cuando reconoce el objeto se frota uno contra otro los labios como para recordar que no usa pintura labial porque lo que gana en cada jornada de trabajo, cuando consigue, no le da sino para pintárselos el sábado en la tarde, cuando el sueño de encontrar un hombre que la acompañe aunque sea una noche le despierta algo de brillo en los ojos, un sutil vaivén sensual en las caderas y las ganas de maquillarse. La mujer controla el impulso de agarrar el lápiz labial y mira a su alrededor como buscando a la dueña, pero sólo consigue miradas de hombres y de una mujer pretenciosa que le voltea los ojos como para dejar claro que no usa tales baratijas, qué te has creído tú mijita. Nuevamente dirige su mirada al lápiz labial, pero parece pensarlo bien y se abstiene, tal vez porque cree que no es conveniente utilizar el de una desconocida o, como están la cosas en este mundo, de un desconocido y nuevamente pasea la mirada por los hombres que la rodean para ver si alguno es lo que no parece y siento que se detiene más de la cuenta en mí, pero es sólo idea mía porque justo anteayer me corté el cabello y lo tengo inconfundiblemente masculino.
El autobús llega a un embotellamiento de vehículos que en triple fila intentan tomar el único canal que conduce a la autopista, mientras los conductores se miran unos a otros a ver quién es más macho como para atreverse a pasar antes que yo y ahí viene el autobusero ese de abusador a querer tirarle el autobús a uno porque sabe que nadie ni que fuera loco como para arriesgarse a un rayón. Es una bajada de ligera pendiente y en cada frenada del autobús el lápiz labial avanza unos centímetros y se detiene por las estrías del piso metálico. El chofer oprime y suelta el freno al ritmo de la salsosa música de sus cidís piratas, mientras sonríe al observar por el espejo retrovisor cómo todos los pasajeros se mecen a su ritmo. Una muchacha alta, de gruesos muslos, vestida de jeans y chaqueta corta de la misma tela, sentada dos puestos delante de mí, voltea y se queda viendo al lápiz labial que se bambolea en el piso. Arruga el ceño extrañada por el color de la barra, se endereza y se queda con la vista en un horizonte lejano, mientras en su mente se suceden las imágenes de su propia historia, donde el rojo de sus labios pintados desencadenó los hechos que la llevaron a estar sentada hoy, a esta hora, en este autobús, en ese asiento, con esa ropa. Su celular suena y le saca de su recuerdo al momento en que el chofer del autobús acelera repentinamente para evitar que otro automóvil le quite el paso porque ya se dieron cuenta de que no soy de los que lanza el autobús sin temor a rayar un carro porque yo tengo mi carrito y sé cómo se siente uno.
La autopista está abarrotada. El lápiz labial se ha detenido en el centro del pasillo, obstaculizado su viaje por una pletina que cubre la unión entre dos planchas de acero estriado del piso. Volteo hacia la parte trasera del autobús y descubro a una mujer de unos treinta y cinco años, ligeramente entrada en carnes, cabello teñido de rubio, sentada en el asiento central de la última fila, con su mirada fija en el lápiz de labios. No percibe que me le quedo mirando como para adivinar su historia. Sus labios están pintados de color oscuro, vino tinto casi marrón, por lo que pienso que tal vez ella sí sea capaz de pintarse con aquel color dorado-cobre-rosado. El autobús se detiene en la parada de Santa Fe y entra un hombre y dos mujeres. Él avanza hacia el fondo sin percatarse del lápiz labial en el piso y por escasos milímetros no lo pisa. La mujer que entra detrás de él, morena, muy delgada, de unos cincuenta años, se sienta en la segunda fila. La tercera mujer viene a sentarse al lado de la chica del celular, que ahora lee el periódico de ayer y que, molesta por no tener espacio para desplegarlo, lo dobla, lo coloca sobre sus piernas resignada porque su retraso informativo se prolonga y mira por la ventana como buscando en su agenda diaria mental el momento en que podrá retomar la lectura interrumpida. La mujer que acaba de sentarse a su lado estira su pierna derecha para arreglar su pantalón porque si no se me va arrugar mucho y después voy a parecer una loca y no va a querer salir conmigo; su movimiento le hace golpear el lápiz labial, que con el impulso logra superar la pletina e inicia un viaje descendiente que lo lleva hasta el pie izquierdo de la morena delgada cincuentona de cabello cobrizo metálico pintado. La mujer voltea hacia el piso y sin pensarlo dos veces se inclina, agarra el lápiz labial, lo mete en su cartera y se hace la loca no vaya a ser que alguna venga a querer quitármelo porque dizque es de ella y no es así porque Dios me lo mandó para que me pusiera bonita para la entrevista de trabajo. Imagino su cara de satisfacción al encontrar un color que combina con su cabello. En la siguiente parada se baja y antes de que el autobús arranque logro verla pintándose sus labios delgados. El color resalta en su cara. Sonríe ante el espejito en su mano izquierda y su cuerpo se endereza como si el nuevo color de sus labios le abriera un mundo de oportunidades. Guarda el lápiz labial y el espejo en su cartera e inicia su camino con altivez de mujer treintañera.
En el autobús aún varias miradas siguen clavadas en el último sitio en que estuvo el lápiz labial. Cada una refleja una historia, un recuerdo o una esperanza. En mi mente unos labios rojos dan paso a unos ojos muy pintados, con líneas gruesas negras que esconden ojeras y líneas de expresión de una mujer española mayor que yo. El recuerdo me trae una sonrisa. El autobús se detiene. Entra una mujer que busca en su cartera las monedas para pagar y al hacerlo deja caer una metra de vidrio transparente y vetas internas de colores; la mujer hace un gesto de fastidio y de no importarle perderla. La metra rueda hacia la parte de atrás e inicia un zigzag por el pasillo…
Simón Saturno
Junio 16, 2006
miércoles, abril 26, 2006
Metro corto
Y claro, como es el medio de transporte más barato, se la pasa full. Uno viaja un poco apretado, es verdad, lo cual por lo general no es nada agradable porque uno no tiene oportunidad de escoger con quién apretujarse, pero qué se hace. Y eso cuando se logra entrar, porque muchas veces el gentío en el andén es tan peligrosamente grande que uno siente que en cualquier momento suicidan a alguien con un empujón; y la cola es larga para tomar el Metrobús, que si no fuera por el sol que pega o la lluvia repentina sería hasta mejor que ir al cine, por las historias que uno oye o imagina viendo y oyendo a los que esperan que el chofer del autobús termine de conversar con el compañero o con la novia que vino a visitarlo y abra la puerta para entrar y agarrar puesto sentado porque parado te sale apretujamiento. Y uno rogando que no le peguen una de esas enfermedades que se pensaban erradicadas de este planeta o una de esas nuevas, porque más de uno tiene cara de sarampión o de tísico o de pollo tosiendo, y el trayecto por lo general es lo suficientemente largo como para que unos cuantos gérmenes salten de uno al otro por más contorsiones que uno haga para que este que está aquí no me pegue el brazo en el cuello y este otro el esternón en el codo y la de aquí el cachete en el omoplato, como si fuera un juego de Twister pero con desconocidos. Y en Metrobús el viaje siempre es largo, no tanto por la distancia como por la duración porque de tanto peso que cargan esos autobuses ya no dan para más y los amortiguadores son un amor pero no tiguadores. Claro, a veces se compensan las molestias porque ahora los aparaticos de marcar los tiques no funcionan o porque como a la gente no le gusta amontonarse no avanzan hacia el fondo por más que el conductor lo pida hasta con grosería, y no le queda más remedio que dejar entrar por la puerta de atrás y por ahí nadie paga o marca tique, excepto uno que otro extraterrestre que al llegar a la parada va a pagarle al conductor o a obliterar el tique… eso de “obliterar” me quedó…
Y el subterráneo anda pisando los talones del Metrobús porque al apretujamiento se le suma el calor sofocante cuando no funciona el aire acondicionado, que cada vez es más frecuente, y entonces sí se pone fea la cosa porque a veces te toca ir pegado de una o uno que tiene el brazo levantado para agarrarse del tubo porque quedan pocas manillas, y yo lo que hago es cerrar los ojos y hacerme cuenta de que estoy en vacaciones de verano en París, así de paso no veo los espacios del vagón que antes llevaban publicidad o planos de las líneas del Metro y ahora son sólo espacios vacíos con los restos del pegamento del último afiche que estuvo ahí.
Pero bueno, uno se aguanta que los autobuses, las estaciones y los vagones ya no estén tan bonitos porque lo que se paga cuando mucho es la mitad de lo que pagaría si utiliza otros autobuses o busetas, y eso no alcanza para pagar un buen mantenimiento, pero uno sabe que el gobierno de vez en cuando le mete unos reales al presupuesto del Metro para que le ajusten el sueldo a los empleados y dejen la amargura y no la paguen con uno, y para que medio arreglen los autobuses, las estaciones y los vagones, aunque eso signifique que ese año haya menos para los hospitales o las escuelas o para fabricar o expropiar casas, porque ese año el gobierno decidió que todos podían morirse de hambre o de enfermedad o de ignorancia o desbarrancados en un cerro, pero no por no tener Metro.
Pero igual sigue teniendo ventajas utilizar el sistema Metro porque desde que flexibilizaron lo de la apariencia exterior uno puede hacer mercado en las entradas y salidas de las estaciones, porque los buhoneros las rodean y usan sus paredes para soportar sus tarantines y para exhibir sus mercancías -medias, pantaletas, bluyines, frutas, franelas, gorras, cidís piratas, películas piratas y libros piratas- y uno no tiene que perder tiempo andando para comparar precios porque todos venden al mismo precio y la diferencia es la que se logra regateando o la atención al cliente, porque uno echa chistes y el otro la historia de su rancho o las bondades del gobierno o sus maldades, pero siempre hay que revisar bien lo que compras porque típico que vas al día siguiente porque el bluyín estaba roto o las manzanas podridas y quien te los vendió ya no porta por ahí y no te queda otra que vender el pantalón o las manzanas por la mitad de lo que te costó para que se los vendan a otro incauto, y eso cuando compras una radio y de verdad te entregan una radio y no un ladrillo bellamente envuelto porque ¿quién te va a comprar un solo ladrillo por más cuidado que lo tengas?
Total, que si uno sopesa los pro y los contra a lo mejor la cuenta no da, pero el futuro es más tarde y en el presente que es ahorita lo que tengo en el bolsillo no da para más, y el gobierno a lo mejor sacó esta cuenta y decidió que mejor es el pasaje barato y como vaya saliendo vamos viendo, porque lo de invertir para el futuro sólo le dará dividendos -votos, quiero decir- al que estará montado cuando ese futuro se haga presente y además, como el Metro se va deteriorando al mismo ritmo que uno, se siente como si todo estuviera igual porque el deterioro es como el espacio-tiempo y el movimiento pues cumple la ley de la relatividad, y uno termina diciendo que al menos no estamos peor y ya eso es ganancia, por más que a la larga se pierda el Metro.
Simón
Abril 26, 2006
martes, abril 25, 2006
Religiosa escuela
Y como yo no me iba a quedar con ésa empecé a proponer candidatas para que me acompañaran en el deber, tratando que fueran las más simpaticonas y, bueno, más o menos lo logré, aunque me metieron en la junta a uno que no dice ni ñe y de presidente a este gordo más católico que el Papa excepto a la hora de sacar fotocopias a escondidas en su oficina. Y a lo mejor por pensar eso es que me enfrasqué en las primeras reuniones de la junta, en que la educación religiosa en el colegio no debía limitarse al catecismo católico para preparar a los niños para su primera comunión. Y mientras defendía mi tesis, sobre todo ante el presidente, una de las maestras se acercó y comentó que su hijo había sentido miedo de hacer la primera comunión, y recordé cuando en mis doce años, allá en San Felipe, vivía aterrorizado por mis pecados y por el inevitable acercamiento de la Semana Santa y la ineludible confesión ante el cura de la iglesia, y la necesidad que sentía de magnificar mis supuestas violaciones de las leyes de Dios y de la Iglesia para que me creyeran la confesión y me dieran la absolución general que arroparía hasta los pecados que no había recordado, y esa fue la época en que cayó en mis manos -no recuerdo cómo, hasta el punto de pensar que el diablo me lo hizo llegar- la transcripción del debate Russell-Copleston sobre la existencia de Dios, que no recuerdo haber leído, y no creo haberlo leído porque todavía hoy sigo sin entenderlo pero, para mí, saber que aquel señor que me sonaba tan famoso discutía con un cura sobre la existencia de Dios, fue suficiente asidero para declararme ateo y no volver a visitar un confesionario más nunca en mi vida. Y el recuerdo de aquellos tiempos de terror me llevó a proponer que a los niños había que mostrarles otras opciones, pensando que cuando mucho invitaríamos a mi amigo el evangélico a dar una charla o dos, y a un rabino y un musulmán de los de la mezquita de Quebrada Honda y, aprovechando el viaje, un cura de la iglesia de enfrente.
Pero me salió una vocal ex-hippie con remordimientos desde que dejó los Hare Krishna para irse con un pavo hijo de millonario, que se iba los domingos a comer gratis en el templo como si le hiciera falta, y que la convenció de que continuara su búsqueda de placer con él y que se casaran y pasaran su luna de miel en la Costa Azul, bien lejos de la India, y la vocal, ahora divorciada y con tres hijos, quiere ganar indulgencias con Krishna y poner a los chamos del colegio a cantar Hara Hare Rama Rama al ritmo de tamborcitos y campanitas de bronce. Y más atrás saltó la Sra. Paradopoulos o algo así, diciendo que la iglesia ortodoxa griega es distinta de la católica venezolana y el padre Andreas estará feliz de venir a hablar de ella y de recibir grupos de niños en su capilla y yo les prepararía unos tabaquitos de arroz en hoja de parra que se van a chupar los dedos mientras oyen al padre. Y cuando el papá de un compañerito de mi hijo, Salhá, se enteró porque su hijo le comentó lo que mi hijo le había dicho de lo que yo le había hablado, se presentó sin invitación a la siguiente reunión de junta directiva y exigió que se incluyera a un amigo suyo estudioso del Corán porque ya era hora de que se diera a los niños la oportunidad de salvarse y de sacrificarse en la lucha contra tanta herejía imperante. Y como si aquello fuera una fiesta, se acercó un señor de apellido Nahón que segundos antes, a pocos metros de nuestra mesa en el pasillo frente a la biblioteca, preguntaba a la bibliotecaria que por qué no querían prestarle una película a su hijo para verla en casa, por más que tuviera una deuda desde hace meses en la cantina escolar, que de paso no la voy a pagar porque bien fuerte fue la indigestión que le produjeron a mi hijo esas cinco empanadas grasientas que se comió de las que venden ahí, seguramente fritas en aceite rancio desde hace quién sabe cuántos días que hasta aquí llega el olor. Nahón oyó a Salhá y poco le importó la respuesta de la bibliotecaria; se acercó a nosotros y sin pedir permiso empezó a hablar para exigir, mientras con un dedo jugaba con los rollitos de sus patillas, que a los niños, señores y señoras, hay que enseñarles la Torah y poner disciplina porque no me van a negar ustedes que esos cortes de cabello les hacen parecer militares, en lugar de dejarse crecer las patillas como debe ser; y mientras él hablaba del corte de pelo yo comparaba sus largas patillas con las mías y me preguntaba si yo podría confundirme con los de su iglesia.
Y la cosa pasó de fiesta a tumulto porque otras madres que estaban hablando con la Coordinadora de Básica porque no hay suficientes hornos de microondas para que todos los niños calienten su merienda, se acercaron a la reunión y resultó que una es Testigo de Jehová y se llama Estrella y pidió que su hermana Cielo viniera a hacer apostolado, y hasta la señora de servicio -que había venido con el café y unas empanadas frías cortadas en mitades que dejaban ver que las de queso eran sólo de aroma de queso- opinó antes de que la otra terminara que yo soy Adoradora de María y a las niñas del colegio hay que enseñarles a adorar a la madre de Dios para que se dejen de andar coqueteando desde que son unas bebés y dando saltos en la clase de deportes nada más que para que se les vea lo que no se les debe ver.
Pero la cosa no terminó ahí, porque yo siempre de boca floja comenté el asunto con mi hermana, que pasa hambre para pagar el viaje a la India a ver a su maestro contador de anécdotas en quién sabe qué lengua, a quien fui a escuchar la última vez que vino a Venezuela porque acepté la invitación de mi hermana, y me pareció que el verdadero maestro como que era el traductor, y mi hermana se empeñó y cuando se empeña es mejor complacerla porque si no se pone insoportable, en que cuadráramos para que en la próxima visita del Maestro lleváramos a los chamos al asram para que lo vieran a los ojos porque una mirada bastará para sanarlos e iluminarlos e iniciarlos en el camino del hinduismo, y les solté la propuesta, lo que ayudó a calmar un poco la reunión porque más de uno se quedó pensando si yo hablaba en serio. Y claro, si la idea es que los niños conozcan todas las corrientes de pensamiento religioso, yo no me iba a quedar tranquilo hasta que aceptaran que también había que dar cabida a un ateo o a un ateo creyente como yo que no creo en Dios pero creo en brujas y espíritus, y al final aceptaron no tanto porque los convenciera de la solidez de mis creencias sino por mi terquedad y porque ya se acerca la hora del almuerzo y nos vemos la semana que viene si Dios quiere.
Pero el asunto se puso de lo más diabólico en la siguiente reunión cuando tratamos de resolver el punto de distribuir el tiempo para hablar en clases de cada religión porque lo que hay previsto son sólo dos horas por semana y unas pocas semanas de clase al año, por más que a mi chamo le parezca que son como cien, porque una que no sé de dónde salió -porque las reuniones de Junta ya eran como asambleas- dijo que mitad y mitad para las monoteístas y las politeístas; y yo casi propongo que mitad y mitad para los ateístas y para los que no; y Salhá, que se convirtió en miembro permanente de la Junta por autoaclamación, exigió que mitad y mitad para los cristianos y los no cristianos, y después echó cuentas y propuso que a cada religión en proporción a su cobertura mundial; y la griega decía que no todas las religiones cristianas eran iguales y que había que diferenciarlas y que a cada una igual tiempo; y una “hermana” de mi hermana, que se había presentado puntualmente, sugirió que porque sí había que llevar a los chamos al asram y para eso tienen que prever un día completo, porque una hora de viaje de ida y una hora para comer la comida bendita y otra para escuchar las anécdotas y otra para que los muchachos en fila vieran cada uno a los ojos al Maestro después de que éste haga su hora de siesta después de las anécdotas, y una hora para regresar si es que no es hora pico porque la autopista de El Valle se pone lenta como una procesión del Nazareno de San Pablo de Santa Teresa.
Y mejor que no hubiera nombrado la “hermana” de mi hermana a esa procesión porque saltó uno que resultó ser defensor bolivariano de la cultura popular y que hasta ese momento había sido suplente de vocal con voto pero sin voz por lo tímido, y exigió que a la cultura religiosa del soberano hay que darle preferencial espacio en el tiempo -Einstein demostró que no son independientes- y que yo hablaré con la Supervisora de Distrito que es amiga mía para que apruebe una hora a la semana para eso, y ahí sí que se pusieron de acuerdo todos en un solo santo y se armó la sampablera y todos querían sermonear al mismo tiempo, hasta que no quedó otra que nombrar una comisión que se encargara de redactar una propuesta de acuerdo para someterla a la Dirección del colegio, propuesta que estuvo lista en un par de semanas y que, con las correcciones de estilo finales de la Junta religiosamente ampliada, quedó más ambigua que un acuerdo condenatorio de la OEA, y al final la Directora, católicamente, le dio el engavétese de costumbre, con lo que el cura de la parroquia sigue ejerciendo el monopolio de las dos horas semanales durante unas pocas semanas antes de la primera comunión de los chiquitos, aunque le diera miedo al hijo de alguna maestra, y mientras tanto los hijos de Salhá, de la griega, de la Hare Krishna, de Nahón y de la Testigo se divierten echando carreras en la cancha de fútbol que, dicho sea de paso, ya es hora de que le cambien el sustrato porque ese polvito de ladrillo rojo mancha zapatos, medias, pantalones y franelas y no hay detergente que lo quite, por más religioso que sea el lavado.
Simón
Abril 24, 2006
jueves, abril 06, 2006
Creo
El Dios en que creo es todo y es nada; no me sirve, o mejor dicho, no me presta servicio; simplemente está ahí, perfecto. Cuando veo la desesperante imperfección del mundo en que vivo, mi mente se disfraza de astronauta y empiezo a ascender en el espacio. Apenas iniciado el viaje, los seres humanos desaparecen de mi vista, luego los contornos de las ciudades y las líneas de las autopistas; las luces de las ciudades y pueblos, en el lado en que es de noche, se aprecian sólo durante unas fracciones de segundo en este viaje de alejarme de este mundo en busca de otra perspectiva. Unas fracciones de segundo más y traspaso los límites del sistema solar; la Tierra desapareció de mi vista hace unos instantes. Volteo y desaparece de mi mente la impresión de un viaje en retroceso. Dejo atrás la Vía Láctea, me enfrento al espectáculo de miles de millones de galaxias y me detengo. No percibo movimiento ni sonido alguno. La inconmensurable masa de estrellas parece inmovilizada en un caldo de plexiglás petrificado e invisible. El tiempo se detiene. El asombro da paso a una sensación opresiva de soledad.
En un parpadeo vuelvo al sofá en el que se inició mi viaje. La sensación de soledad desaparece. La televisión sigue mostrando la misma imagen que al iniciar mi viaje. No ha transcurrido ni un segundo. Una mujer de expresiones rabiosas clama justicia; otra pide la pena de muerte para los secuestradores asesinos. La tristeza vuelve a mi pecho y a mis ojos. Casi instintivamente cambio el canal y contemplo las imágenes de un submarino ruso destruyendo un barco cargado de más de nueve mil civiles durante la segunda guerra mundial. Vuelvo a cambiar y un noticiero explica las razones de que un movimiento terrorista haya ganado las elecciones en Palestina. Marco el número de un canal local y aparece un analista internacional hablando del apoyo del gobierno al programa nuclear iraní.
Vuelvo a parpadear y me encuentro de nuevo paralizado en el caldo negro de estrellas. La humanidad, perdida en algún minúsculo e inapreciable grano alrededor de una estrella en alguna de esas brillantes galaxias, es hasta ahora sólo un accidente doloroso para quienes lo protagonizamos, pero imperceptible para este Dios, para este Dios perfecto del que soy parte imperfecta.
Simón Saturno
Abril 6, 2006