Escritor, Artista Digital, Ingeniero Electricista y Abogado, consultor en materia de regulación de servicios públicos y escritor ocasional de artículos de prensa, cuentos y poemas.
miércoles, febrero 04, 2015
Priscilo, el primer chivo expiatorio
domingo, febrero 01, 2015
Mutación Insolente: Un ejercicio de plagio literario
Jaime Sabines: Los Amorosos
1.
El Original
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
2.
Plagio 1: De amorosos a apasionados
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los apasionados buscan,
los apasionados son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los apasionados andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los apasionados
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los apasionados son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los apasionados son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los apasionados no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los apasionados son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los apasionados salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
Los apasionados juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los apasionados se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los apasionados se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
3.
Plagio 2: De amorosos a apasionados
y del amor a la pasión
La pasión es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los apasionados buscan,
los apasionados son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los apasionados andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan a la pasión.
Les preocupa la pasión. Los apasionados
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
La pasión es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los apasionados son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los apasionados son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los apasionados no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los apasionados son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los apasionados salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en la pasión como en una lámpara de inagotable aceite.
Los apasionados juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego de la pasión.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los apasionados se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los apasionados se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
4.
Plagio 3: De amorosos a apasionados,
del amor a la pasión y al pasado imperfecto
La pasión era el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los apasionados buscaban,
los apasionados eran los que abandonaban,
eran los que cambiaban, los que olvidaban.
Su corazón les decía que nunca habrían de encontrar,
no encontraban, buscaban.
Los apasionados andaban como locos
porque estaban solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvaban a la pasión.
Les preocupaba la pasión. Los apasionados
vivían al día, no podían hacer más, no sabían.
Siempre se estaban yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperaban,
no esperaban nada, pero esperaban.
Sabían que nunca habrían de encontrar.
La pasión era la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los apasionados eran los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— habrían de estar solos.
Los apasionados eran la hidra del cuento.
Tenían serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchaban
también como serpientes para asfixiarlos.
Los apasionados no podían dormir
porque si se dormían se los comían los gusanos.
En la obscuridad abrían los ojos
y les caía en ellos el espanto.
Encontraban alacranes bajo la sábana
y su cama flotaba como sobre un lago.
Los apasionados eran locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los apasionados salían de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se reían de las gentes que lo sabían todo,
de las que amaban a perpetuidad, verídicamente,
de las que creían en la pasión como en una lámpara de inagotable aceite.
Los apasionados jugaban a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Jugaban el largo, el triste juego de la pasión.
Nadie habría de resignarse.
Dicen que nadie habría de resignarse.
Los apasionados se avergonzaban de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermentaba detrás de los ojos,
y ellos caminaban, lloraban hasta la madrugada
entre trenes y gallos se despedían dolorosamente.
Les llegaba a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que dormían con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los apasionados se ponían a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se iban llorando, llorando
la hermosa vida.
5.
Plagio 4: De amorosos a apasionados,
del amor a la pasión y al simple pasado
La pasión fue el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los apasionados buscaron,
los apasionados fueron los que abandonaron,
fueron los que cambiaron, los que olvidaron.
Su corazón les dijo que nunca habrían de encontrar,
no encontraron, buscaron.
Los apasionados anduvieron como locos
porque estuvieron solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvaron a la pasión.
Les preocupó la pasión. Los apasionados
vivieron al día, no pudieron hacer más, no supieron.
Siempre se estuvieron yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperaron,
no esperaron nada, pero esperaron.
Supieron que nunca habrían de encontrar.
La pasión fue la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los apasionados fueron los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— habrían de estar solos.
Los apasionados fueron la hidra del cuento.
Tuvieron serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hincharon
también como serpientes para asfixiarlos.
Los apasionados no pudieron dormir
porque si se dormían se los comían los gusanos.
En la obscuridad abrieron los ojos
y les cayó en ellos el espanto.
Encontraron alacranes bajo la sábana
y su cama flotó como sobre un lago.
Los apasionados fueron locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los apasionados salieron de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se rieron de las gentes que lo sabían todo,
de las que amaron a perpetuidad, verídicamente,
de las que creyeron en la pasión como en una lámpara de inagotable aceite.
Los apasionados jugaron a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Jugaron el largo, el triste juego de la pasión.
Nadie habría de resignarse.
Dijeron que nadie habría de resignarse.
Los apasionados se avergonzaron de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermentó detrás de los ojos,
y ellos caminaron, lloraron hasta la madrugada
entre trenes y gallos se despidieron dolorosamente.
Les llegó a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que durmieron con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los apasionados se pusieron a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se fueron llorando, llorando
la hermosa vida.
lunes, diciembre 31, 2012
Tiempo escaso
domingo, diciembre 30, 2012
Salto en el 2012
miércoles, diciembre 19, 2012
¿Para quién es el discurso político?
Declaración de Rebeldía
viernes, julio 11, 2008
Ausencia
Desde hace un par de años he dejado de añadir escritos a mi blog debido a que he estado acumulando material para publicar un libro, llevado por la idea de que podrían haber unos cuantos que serían capaces de pagar por leer algo de lo que escribo, lo cual para mi sería no sólo un honor, sino un alimento extremadamente necesario para mi bolsillo en estos tiempos de escasez. Así que les pido disculpas... mmm... les doy disculpas... mejor se las pido para que las inventen ustedes. Espero que pronto puedan leerme en un libro.
Simón Saturno.
Julio 11, 2008
Se busca psicópata
Según un mensaje de correo electrónico que recibí recientemente de una amiga, un famoso psicólogo americano, ideó una prueba que se utiliza para comprobar si una persona tiene mentalidad de asesino. Muchos asesinos en serie detenidos han participado en la prueba y han acertado la respuesta. Se trata de leer un texto breve y contestar una pregunta.
El texto
Una mujer, mientras asistía al funeral de su madre, vio a un hombre que no conocía. Pensó que ese era el hombre de su vida, tanto que se enamoró de él en aquel momento, pero no le pidió ni nombre ni teléfono y ya no pudo verlo de nuevo. Unos días más tarde esta mujer mató a su hermana.
La pregunta
¿Por qué la mató?
Al entrevistado se le da algún tiempo para pensar la respuesta.
La respuesta
Esperaba que el hombre apareciera de nuevo en el funeral de su hermana.
Mi respuesta
No respondí correctamente, pero te prometo que la próxima vez sí lo haré.
Simón.
P.S.: ¿Cuál fue mi respuesta? Pues muy sencilla: Que su hermana le dijo "¡Yo lo vi primero!" y ellas desde pequeñas habían sido muy respetuosas de esas prelaciones, tú sabes, y como su hermana siempre había sido un poquito más despierta y de inquieta mirada, pues por lo general -para no decir siempre- se le adelantaba en lo de ver primero. Ella -la homicida- trató durante muchos años de inventar algo para lo que "ver de segunda" fuera lo que acreditara el premio, pero su cabeza no le daba para tanto y ella no era mujer de soluciones muy estudiadas, además de que no estaba dispuesta a esperar el juicio final en el que, según le prometía el cura de la parroquia, los últimos serían los primeros, por más que le sazonara el cuento con que al momento de la resurrección de los muertos la carne estaría muy fresca. Total, que día a día, mes a mes, año a año, Homi -así la llamaremos por cariño en lo sucesivo- fue acumulando el resentimiento de ser la segundona en lo de detectar partidos, además de que su hermana -a la que llamaremos por cariño en lo sucesivo Kapy, por kaput- no era muy amiga de las relaciones duraderas, porque también se inclinaba por la carne fresca y decía que después de la primera experiencia sexual el hombre sabe a carne de parrilla chupada y, aunque yo nunca la he probado -excepto una vez que cansado de masticar y masticar un duro trozo de bistec sin poder tragarlo decidí ponerlo de nuevo en el plato y mi padre, muy amante de la carne para angustia de mi sacrificada madre, me obligó a comerlo y no recuerdo cómo me supo- suena asqueroso e insípido, y Homi no era plato de segunda mesa... bueno, al menos en este aspecto. Como decía, pues, con el paso del tiempo -que siempre pasa de manera continua y no día a día o mes a mes o año a año, de tal manera que uno ni cuenta se da- Homi fue envejeciendo como cualquier ser humano que deja que el tiempo haga lo que le da la gana con él, y fue percibiendo en la piel alrededor de sus ojos unas finas rayitas, muy graciosas cuando ella reía, pero que les dio por quedarse ahí aunque ella no estuviera riendo, al igual que las dos líneas que bajaban de ambos lados de su nariz hasta casi la comisura de los labios y otras en el cuello que ni estirándolo como jirafa desaparecían, y empezó a pensar que la oportunidad de encontrar al hombre ideal -y de que este no volteara para otro lado en busca de pieles más lisas- podría perderse, y empezó a desesperarse. La muerte de Mommie -así llamaremos por cariño a la mamá muerta y seguramente momificada- sumió a Homi en un profundo cavilar -valga el hipérbole- sobre la muerte, la edad, las arrugas (dejémonos de eufemismos) y las oportunidades perdidas, porque dicho sea de paso, la historia de la madre es digna de que nos desviemos... pero no lo vamos a hacer, y en eso estaba Homi cuando vio al galán aquel que se inclinaba sobre la urna a echar un vistazo a la madre de la chica a la que acababa de conocer en el cafetín de la funeraria -la futura Kapy- que aunque con la boca llena de un bocado de sánduche de jamón y queso se veía bonita y tenía un cuerpo como para jamón y queso, porque el tipo de que era previsivo era previsivo, porque eso de acabar de conocer a una chica y déjame ver cómo es la madre por más muerta que esté porque uno nunca sabe si esto que empiezo a sentir por esa jeva, que confieso que por lo pronto no es más que ganas de llevármela a la cama, pero uno es un casabe, como dijo el filósofo llanero para no repetir lo de que uno nunca sabe, y resulta que la jeva se me mete entre ceja y ceja y acabo haciendo vida con ella y déjame ver cómo va a ser cuando viejita, y en esa comprobación estaba cuando Homi lo vio y dijo este es mío y la desesperación se le hizo enamoramiento y emoción y se fue corriendo a buscar a Kapy porque esta vez yo sí lo vi primero y no la encontró de momento, y llegó el cura para la oración final antes de que se lleven la urna y después la busco, se dijo, y después con los llantos y las condolencias y los pésames y la cargadera de coronas, y mira que puse bien en el aviso del periódico que no trajeran flores, y yo me llevo la cruz de crisantemos blancos y la otra oración del cura al lado de la urna justo antes de meterla en el incinerador, y después que si me voy contigo o que si agarro el carro de la funeraria- fúnebre porque así debe ser- pues se le pasó la ocasión de decirle a Kapy yo lo vi primero, además que el mangazo desapareció porque no volví a verlo y no nos acompañó y mejor así porque así mi hermana no me viene con el cuento de que lo vio primero y ya veré cómo averiguo para saber quién es, y total que cayó y calló la tarde y se acabaron los pasapalos en la casa de Homi y el vinito y el güisquicito y empezaron a irse los condolientes y Homi dio cualquier excusa y salió volando para la funeraria sin esperar a que se fueran todos y dejó a la hermana con ese gallo muerto, porque para Homi lo único importante era encontrar al amor de su vida y se recorrió todas las salas de la funeraria como un ladrón de sepelios cualquiera y nada que lo encontró y entonces se puso a preguntar a los hijos, sobrinos y demás deudos si sabían del mango con corbata vino tinto y mechón de pelo que le caía sobre la frente y nada, y cuando ya casi que se daba por vencida se fue a administración y de tanta lloradera porque para inventar cuentos estaba mandada a hacer, le dijeron el nombre y el teléfono de la viuda del que estaban velando antes en la capilla de al lado y que ya se fueron, y Homi dejó pasar el día comiéndose las uñas y al siguiente llamó a la viuda y le inventó un cuento chino que es como para desviarse del tema, para preguntarle sobre el mango con corbata y mechón, y la señora le dijo que sabía quién era y déme su teléfono le dijo Homi y la señora no déme usted el suyo y yo le digo que la llame, y Homi se pasó el resto del día en casa al lado del teléfono y nada y el día siguiente también y al tercer día resucitó la hermana, aunque la que estaba prácticamente muerta de angustia era Homi, a tal punto que a las líneas alrededor de sus ojos se habían sumado unas ojeras grisáceas, pero para Homi ver a Kapy fue como un nuevo aliento de emoción y se dispuso a contarle la razón de su desvelo y, hermana, te cuento que en el funeral vi a tremendo galán que se asomaba a la urna de nuestra madre que en paz descanse, y el tipo casi me hizo olvidar por qué estaba yo ahí porque en mi cabeza sólo pensaba que yo estaba ahí para encontrarme con él porque así son las cosas en este mundo, aunque yo no soy destinista, y te juro que fue amor a primera vista y no sé cómo voy a hacer para saber si no me llama y cómo encontrarlo de nuevo, pero de que lo encuentro lo encuentro, y viene Kapy y le pregunta hecha la gafa ¿uno con una corbata vino tinto y un mechón de cabello que le caía sobre la frente?, y Homi no pudo decir que no porque ése era y el piso bajo sus pies parecía derrumbarse porque ella lo vio primero y capaz que lo dice y trágame tierra porque no soy nada sin él -en este momento Homi casi que podría ganarse un Grammy al mejor ballenato si escribe lo que le pasa por la mente- y entonces, como en cámara lenta, vio cómo los labios de su hermana iniciaban el movimiento para pronunciar la y griega, que no sé para qué digo y griega como si hubiera alguna y que no fuera griega o una i que no fuera latina, la y griega, decía, del yo lo vi primero, y de ahí en adelante Homi no supo de sí y no sabe si fue con la bandeja que se había quedado sobre la mesa de la sala con las migajas de pasapalos, porque Kapy no era de las que ayudan a recoger si no es en su casa y todavía estaban ahí las bandejas y los vasos y las botellas vacías, o fue con una botella rota o un vaso roto, sírvame mesero en el vaso roto que quiero tomar en ese vaso roto y que me corte los labios o mejor que se los corte a ella para que no diga yo lo vi primero, o si fue con el jarrón de las cenizas de Mommie, porque dicen que el cadáver de Kapy estaba cubierto de cenizas. Lo que haya sido -la bandeja, la botella, el vaso, el jarrón- no llegó a tiempo: Kapy logró pronunciar, justo antes de su último grito de horror, aquella frase que tantas veces había escuchado Homi: ¡Yo lo vi primero! Lo demás… no importa.