Escritor, Artista Digital, Ingeniero Electricista y Abogado, consultor en materia de regulación de servicios públicos y escritor ocasional de artículos de prensa, cuentos y poemas.
viernes, julio 11, 2008
Ausencia
Desde hace un par de años he dejado de añadir escritos a mi blog debido a que he estado acumulando material para publicar un libro, llevado por la idea de que podrían haber unos cuantos que serían capaces de pagar por leer algo de lo que escribo, lo cual para mi sería no sólo un honor, sino un alimento extremadamente necesario para mi bolsillo en estos tiempos de escasez. Así que les pido disculpas... mmm... les doy disculpas... mejor se las pido para que las inventen ustedes. Espero que pronto puedan leerme en un libro.
Simón Saturno.
Julio 11, 2008
Se busca psicópata
Según un mensaje de correo electrónico que recibí recientemente de una amiga, un famoso psicólogo americano, ideó una prueba que se utiliza para comprobar si una persona tiene mentalidad de asesino. Muchos asesinos en serie detenidos han participado en la prueba y han acertado la respuesta. Se trata de leer un texto breve y contestar una pregunta.
El texto
Una mujer, mientras asistía al funeral de su madre, vio a un hombre que no conocía. Pensó que ese era el hombre de su vida, tanto que se enamoró de él en aquel momento, pero no le pidió ni nombre ni teléfono y ya no pudo verlo de nuevo. Unos días más tarde esta mujer mató a su hermana.
La pregunta
¿Por qué la mató?
Al entrevistado se le da algún tiempo para pensar la respuesta.
La respuesta
Esperaba que el hombre apareciera de nuevo en el funeral de su hermana.
Mi respuesta
No respondí correctamente, pero te prometo que la próxima vez sí lo haré.
Simón.
P.S.: ¿Cuál fue mi respuesta? Pues muy sencilla: Que su hermana le dijo "¡Yo lo vi primero!" y ellas desde pequeñas habían sido muy respetuosas de esas prelaciones, tú sabes, y como su hermana siempre había sido un poquito más despierta y de inquieta mirada, pues por lo general -para no decir siempre- se le adelantaba en lo de ver primero. Ella -la homicida- trató durante muchos años de inventar algo para lo que "ver de segunda" fuera lo que acreditara el premio, pero su cabeza no le daba para tanto y ella no era mujer de soluciones muy estudiadas, además de que no estaba dispuesta a esperar el juicio final en el que, según le prometía el cura de la parroquia, los últimos serían los primeros, por más que le sazonara el cuento con que al momento de la resurrección de los muertos la carne estaría muy fresca. Total, que día a día, mes a mes, año a año, Homi -así la llamaremos por cariño en lo sucesivo- fue acumulando el resentimiento de ser la segundona en lo de detectar partidos, además de que su hermana -a la que llamaremos por cariño en lo sucesivo Kapy, por kaput- no era muy amiga de las relaciones duraderas, porque también se inclinaba por la carne fresca y decía que después de la primera experiencia sexual el hombre sabe a carne de parrilla chupada y, aunque yo nunca la he probado -excepto una vez que cansado de masticar y masticar un duro trozo de bistec sin poder tragarlo decidí ponerlo de nuevo en el plato y mi padre, muy amante de la carne para angustia de mi sacrificada madre, me obligó a comerlo y no recuerdo cómo me supo- suena asqueroso e insípido, y Homi no era plato de segunda mesa... bueno, al menos en este aspecto. Como decía, pues, con el paso del tiempo -que siempre pasa de manera continua y no día a día o mes a mes o año a año, de tal manera que uno ni cuenta se da- Homi fue envejeciendo como cualquier ser humano que deja que el tiempo haga lo que le da la gana con él, y fue percibiendo en la piel alrededor de sus ojos unas finas rayitas, muy graciosas cuando ella reía, pero que les dio por quedarse ahí aunque ella no estuviera riendo, al igual que las dos líneas que bajaban de ambos lados de su nariz hasta casi la comisura de los labios y otras en el cuello que ni estirándolo como jirafa desaparecían, y empezó a pensar que la oportunidad de encontrar al hombre ideal -y de que este no volteara para otro lado en busca de pieles más lisas- podría perderse, y empezó a desesperarse. La muerte de Mommie -así llamaremos por cariño a la mamá muerta y seguramente momificada- sumió a Homi en un profundo cavilar -valga el hipérbole- sobre la muerte, la edad, las arrugas (dejémonos de eufemismos) y las oportunidades perdidas, porque dicho sea de paso, la historia de la madre es digna de que nos desviemos... pero no lo vamos a hacer, y en eso estaba Homi cuando vio al galán aquel que se inclinaba sobre la urna a echar un vistazo a la madre de la chica a la que acababa de conocer en el cafetín de la funeraria -la futura Kapy- que aunque con la boca llena de un bocado de sánduche de jamón y queso se veía bonita y tenía un cuerpo como para jamón y queso, porque el tipo de que era previsivo era previsivo, porque eso de acabar de conocer a una chica y déjame ver cómo es la madre por más muerta que esté porque uno nunca sabe si esto que empiezo a sentir por esa jeva, que confieso que por lo pronto no es más que ganas de llevármela a la cama, pero uno es un casabe, como dijo el filósofo llanero para no repetir lo de que uno nunca sabe, y resulta que la jeva se me mete entre ceja y ceja y acabo haciendo vida con ella y déjame ver cómo va a ser cuando viejita, y en esa comprobación estaba cuando Homi lo vio y dijo este es mío y la desesperación se le hizo enamoramiento y emoción y se fue corriendo a buscar a Kapy porque esta vez yo sí lo vi primero y no la encontró de momento, y llegó el cura para la oración final antes de que se lleven la urna y después la busco, se dijo, y después con los llantos y las condolencias y los pésames y la cargadera de coronas, y mira que puse bien en el aviso del periódico que no trajeran flores, y yo me llevo la cruz de crisantemos blancos y la otra oración del cura al lado de la urna justo antes de meterla en el incinerador, y después que si me voy contigo o que si agarro el carro de la funeraria- fúnebre porque así debe ser- pues se le pasó la ocasión de decirle a Kapy yo lo vi primero, además que el mangazo desapareció porque no volví a verlo y no nos acompañó y mejor así porque así mi hermana no me viene con el cuento de que lo vio primero y ya veré cómo averiguo para saber quién es, y total que cayó y calló la tarde y se acabaron los pasapalos en la casa de Homi y el vinito y el güisquicito y empezaron a irse los condolientes y Homi dio cualquier excusa y salió volando para la funeraria sin esperar a que se fueran todos y dejó a la hermana con ese gallo muerto, porque para Homi lo único importante era encontrar al amor de su vida y se recorrió todas las salas de la funeraria como un ladrón de sepelios cualquiera y nada que lo encontró y entonces se puso a preguntar a los hijos, sobrinos y demás deudos si sabían del mango con corbata vino tinto y mechón de pelo que le caía sobre la frente y nada, y cuando ya casi que se daba por vencida se fue a administración y de tanta lloradera porque para inventar cuentos estaba mandada a hacer, le dijeron el nombre y el teléfono de la viuda del que estaban velando antes en la capilla de al lado y que ya se fueron, y Homi dejó pasar el día comiéndose las uñas y al siguiente llamó a la viuda y le inventó un cuento chino que es como para desviarse del tema, para preguntarle sobre el mango con corbata y mechón, y la señora le dijo que sabía quién era y déme su teléfono le dijo Homi y la señora no déme usted el suyo y yo le digo que la llame, y Homi se pasó el resto del día en casa al lado del teléfono y nada y el día siguiente también y al tercer día resucitó la hermana, aunque la que estaba prácticamente muerta de angustia era Homi, a tal punto que a las líneas alrededor de sus ojos se habían sumado unas ojeras grisáceas, pero para Homi ver a Kapy fue como un nuevo aliento de emoción y se dispuso a contarle la razón de su desvelo y, hermana, te cuento que en el funeral vi a tremendo galán que se asomaba a la urna de nuestra madre que en paz descanse, y el tipo casi me hizo olvidar por qué estaba yo ahí porque en mi cabeza sólo pensaba que yo estaba ahí para encontrarme con él porque así son las cosas en este mundo, aunque yo no soy destinista, y te juro que fue amor a primera vista y no sé cómo voy a hacer para saber si no me llama y cómo encontrarlo de nuevo, pero de que lo encuentro lo encuentro, y viene Kapy y le pregunta hecha la gafa ¿uno con una corbata vino tinto y un mechón de cabello que le caía sobre la frente?, y Homi no pudo decir que no porque ése era y el piso bajo sus pies parecía derrumbarse porque ella lo vio primero y capaz que lo dice y trágame tierra porque no soy nada sin él -en este momento Homi casi que podría ganarse un Grammy al mejor ballenato si escribe lo que le pasa por la mente- y entonces, como en cámara lenta, vio cómo los labios de su hermana iniciaban el movimiento para pronunciar la y griega, que no sé para qué digo y griega como si hubiera alguna y que no fuera griega o una i que no fuera latina, la y griega, decía, del yo lo vi primero, y de ahí en adelante Homi no supo de sí y no sabe si fue con la bandeja que se había quedado sobre la mesa de la sala con las migajas de pasapalos, porque Kapy no era de las que ayudan a recoger si no es en su casa y todavía estaban ahí las bandejas y los vasos y las botellas vacías, o fue con una botella rota o un vaso roto, sírvame mesero en el vaso roto que quiero tomar en ese vaso roto y que me corte los labios o mejor que se los corte a ella para que no diga yo lo vi primero, o si fue con el jarrón de las cenizas de Mommie, porque dicen que el cadáver de Kapy estaba cubierto de cenizas. Lo que haya sido -la bandeja, la botella, el vaso, el jarrón- no llegó a tiempo: Kapy logró pronunciar, justo antes de su último grito de horror, aquella frase que tantas veces había escuchado Homi: ¡Yo lo vi primero! Lo demás… no importa.
viernes, agosto 04, 2006
Regalo de cumpleaños para el yerno
La mujer, en su casa, pensando y haciendo mil cosas a la vez, para que cuando el conductor de su vida llegara, creyera que aquello siempre era un remanso de paz, alegría, pulcritud, inocencia, moral y luces y comida caliente, en el que él de vez en cuando, para que la mujer no se embruteciera por falta de conocimiento sobre el mundo externo, relataba de manera general lo que había hecho en el día, mientras ella se hacía la gafa con expresión de admiración, como si no se hubiera enterado ya por los caminos verdes o por su olfato e intuición, de todo lo que había hecho el tipo. La televisión, a través de las novelas, informaba a las mujeres de lo que eran capaces sus maridos, según los guiones inventados por quién sabe qué escritor frustrado o mal asesorado en cuanto a lo que era la información veraz y oportuna; y los teléfonos les permitían encompincharse con las secretarias de sus maridos no sólo para seguirles la pista de todos sus movimientos, sino para conocer de sus negocios, sus verdaderos ingresos y sus triunfos y fracasos, de manera de saber si condimentar la comida con sal, pimienta y especias, o con imperceptibles porciones de arsénico.
A algún empresario codicioso demasiado viejo para levantarse nada se le ocurrió, por allá a mediados de siglo, que en lugar de pagarle a un hombre un sueldo suficiente para mantener a su familia –esposa, amante e hijos respectivos- podía pagarle menos a una mujer por hacer lo mismo de mejor manera, y ahí empezó a armarse el inmenso pastel en el que se ha convertido el mundo en que vivimos. Esta política resultó ser mucho mejor para los negocios que la de liberar a los esclavos, cuando se descubrió que mantenerlos era mucho más costoso que pagarles un sueldo por idéntico trabajo y darles un pedazo de tierra para que se medio mantuvieran por sí mismos. Las mujeres, con tanto tiempo para pensar, metidas en sus casas, y con la información suministrada por las secretarias y compañeras de trabajo de sus maridos, habían acumulado tal grado de conocimiento, que pudieron sustituirlos y desempeñarse con suficiencia, y como darle trabajo a una mujer era considerado como un favor que se les hacía, se les pagaba menos. Para defender sus posibilidades de trabajo y mejores salarios, las mujeres inventaron la especie de que ellas y los hombres podían hacer los mismos trabajos, lo cual fue defendido por homosexuales y empresarios frustrados solteros o viudos y divorciados antes de tiempo, es decir, antes del entendimiento.
Y de “hacer los mismos trabajos”, por cuestiones de sinonimia, los hombres pasaron a “hacer las mismas labores”; y por cuestiones de acepción y uso y costumbre, a coser y bordar y a las labores del hogar y a la cría de los muchachos, hasta que hoy en día no es raro ver a un hombre, haciendo gala de la contradicción con su propia esencia, muy lindo con su delantal pasando aspiradora en la casa, preparando la comida de los chamos y la de la mujer para cuando llegue del trabajo o de echarse un palo con los compañeros de oficina solteros, y hasta mareándose y vomitando cuando la mujer está en estado. Y ahora -yo que te lo digo yerno: estás jodido- tienes que ocuparte de los hijos desde antes de que nazcan, no tanto acompañando a la mujer a comprarle todo lo innecesario hasta que el presupuesto aguante y un poco más, sino haciéndole seguimiento al crecimiento de la panza, complaciendo antojos inexplicables y educando al aún-no-nato con música y luces a partir de la semana de embarazo en que empiezan a funcionarle los oídos y los ojos, porque si no estás pendiente o no lo haces regularmente eres un mal padre de un hijo que aún no ves.
Pero la historia venía por lo del cumpleaños. Ahora no es como hasta hace poco, que cuando nacía un hijo los regalos de cumpleaños de la mamá eran cosas para el bebé y la madre feliz y contenta y hasta desilusionada al abrir el paquete si le regalaban algo para ella mujer femenina coqueta y no para el bebé, sino que ahora metieron al papá en ese embrollo, y en lugar de la tradicional corbata o el bolígrafo o la billetera o la calculadora de bolsillo o los pañuelos regalados por los amigos, o las medias o interiores regalados por la mamá o las hermanas, te regalan una caja de pañales desechables o el último grito de la moda en teteros con tetinas igualitas a una teta materna que hasta a uno le dan ganas, o un par de chupones con cubierta protectora plegadiza que se cierra antes de caer al suelo, o un juego de vaso y plato con ventosas para que se peguen de la mesa que ni uno mismo puede despegarlos, con cuchara torcida como si se hubiera derretido por meterla en el horno. Pero la cosa no se detiene, y de ahí mi regalo para el yerno, porque el asunto empieza aunque no haya nacido el hijo, y si tu cumpleaños cae mientras tu mujer está embarazada, los regalos serán libros de cómo enseñarle matemáticas al carajito o carajita mientras está en el útero, cómo prepararlo desde antes de que nazca para que sea un Einstein pero no tan ingenuo, cómo enseñarle a distinguir quién es el director en dos interpretaciones de la misma obra de Mozart cuando tú todavía no eres capaz de discernir entre Beethoven y Karl Off, o un libro de recetas con las mejores combinaciones de yerbas, semillas y fibra para que el bebé nazca limpiecito, bien lubricado para que salga suavecito y bien mosca para que pele los ojos por si se topa con un médico obsoleto de los que quieren pegarle una nalgada si no escuchan llanto, o uno de ejercicios para el bebé en el vientre para que nazca rompiendo records de natación o bateando más jonrones que Samy Sosa en su mejor temporada.
Y como yo ya estoy contaminado por los vientos que soplan, ahí está ese regalo para el yerno: música para panzas, de Mozart, y videos para proyectarlos en el ombligo de la embarazada. Siento no haber encontrado el cinturón sonovibrador lumínico inteligente; el que se le coloca a la mujer alrededor de la barriga para preparar al bebé para este mundo de ruidos, sonidos, resplandores, luces, vibraciones y movimientos, para que cuando nazca duerma como un lirón por más que a su alrededor haya tremendo bonche, una competencia de fuegos artificiales o un catastrófico terremoto, que sí habría sido un regalo especial para el yerno.
Simón Saturno
Agosto 04, 2006
viernes, junio 16, 2006
El lápiz labial
El sonido del objeto rodando sobre el piso metálico estriado atrae la mirada de una pasajera ubicada al otro lado del pasillo, una fila adelante: una mujer de piel morena oscura, cabello rizado peinado en delgadas trencitas y recogido en cola; las chancletas de plástico rojo desteñido, que dejan ver las desteñidas plantas de sus pies, son signo de su condición humilde, característica inseparable de la pobreza económica. La mujer ve el lápiz labial en el piso, entrecierra los ojos para enfocar su visión, afectada por la edad, y cuando reconoce el objeto se frota uno contra otro los labios como para recordar que no usa pintura labial porque lo que gana en cada jornada de trabajo, cuando consigue, no le da sino para pintárselos el sábado en la tarde, cuando el sueño de encontrar un hombre que la acompañe aunque sea una noche le despierta algo de brillo en los ojos, un sutil vaivén sensual en las caderas y las ganas de maquillarse. La mujer controla el impulso de agarrar el lápiz labial y mira a su alrededor como buscando a la dueña, pero sólo consigue miradas de hombres y de una mujer pretenciosa que le voltea los ojos como para dejar claro que no usa tales baratijas, qué te has creído tú mijita. Nuevamente dirige su mirada al lápiz labial, pero parece pensarlo bien y se abstiene, tal vez porque cree que no es conveniente utilizar el de una desconocida o, como están la cosas en este mundo, de un desconocido y nuevamente pasea la mirada por los hombres que la rodean para ver si alguno es lo que no parece y siento que se detiene más de la cuenta en mí, pero es sólo idea mía porque justo anteayer me corté el cabello y lo tengo inconfundiblemente masculino.
El autobús llega a un embotellamiento de vehículos que en triple fila intentan tomar el único canal que conduce a la autopista, mientras los conductores se miran unos a otros a ver quién es más macho como para atreverse a pasar antes que yo y ahí viene el autobusero ese de abusador a querer tirarle el autobús a uno porque sabe que nadie ni que fuera loco como para arriesgarse a un rayón. Es una bajada de ligera pendiente y en cada frenada del autobús el lápiz labial avanza unos centímetros y se detiene por las estrías del piso metálico. El chofer oprime y suelta el freno al ritmo de la salsosa música de sus cidís piratas, mientras sonríe al observar por el espejo retrovisor cómo todos los pasajeros se mecen a su ritmo. Una muchacha alta, de gruesos muslos, vestida de jeans y chaqueta corta de la misma tela, sentada dos puestos delante de mí, voltea y se queda viendo al lápiz labial que se bambolea en el piso. Arruga el ceño extrañada por el color de la barra, se endereza y se queda con la vista en un horizonte lejano, mientras en su mente se suceden las imágenes de su propia historia, donde el rojo de sus labios pintados desencadenó los hechos que la llevaron a estar sentada hoy, a esta hora, en este autobús, en ese asiento, con esa ropa. Su celular suena y le saca de su recuerdo al momento en que el chofer del autobús acelera repentinamente para evitar que otro automóvil le quite el paso porque ya se dieron cuenta de que no soy de los que lanza el autobús sin temor a rayar un carro porque yo tengo mi carrito y sé cómo se siente uno.
La autopista está abarrotada. El lápiz labial se ha detenido en el centro del pasillo, obstaculizado su viaje por una pletina que cubre la unión entre dos planchas de acero estriado del piso. Volteo hacia la parte trasera del autobús y descubro a una mujer de unos treinta y cinco años, ligeramente entrada en carnes, cabello teñido de rubio, sentada en el asiento central de la última fila, con su mirada fija en el lápiz de labios. No percibe que me le quedo mirando como para adivinar su historia. Sus labios están pintados de color oscuro, vino tinto casi marrón, por lo que pienso que tal vez ella sí sea capaz de pintarse con aquel color dorado-cobre-rosado. El autobús se detiene en la parada de Santa Fe y entra un hombre y dos mujeres. Él avanza hacia el fondo sin percatarse del lápiz labial en el piso y por escasos milímetros no lo pisa. La mujer que entra detrás de él, morena, muy delgada, de unos cincuenta años, se sienta en la segunda fila. La tercera mujer viene a sentarse al lado de la chica del celular, que ahora lee el periódico de ayer y que, molesta por no tener espacio para desplegarlo, lo dobla, lo coloca sobre sus piernas resignada porque su retraso informativo se prolonga y mira por la ventana como buscando en su agenda diaria mental el momento en que podrá retomar la lectura interrumpida. La mujer que acaba de sentarse a su lado estira su pierna derecha para arreglar su pantalón porque si no se me va arrugar mucho y después voy a parecer una loca y no va a querer salir conmigo; su movimiento le hace golpear el lápiz labial, que con el impulso logra superar la pletina e inicia un viaje descendiente que lo lleva hasta el pie izquierdo de la morena delgada cincuentona de cabello cobrizo metálico pintado. La mujer voltea hacia el piso y sin pensarlo dos veces se inclina, agarra el lápiz labial, lo mete en su cartera y se hace la loca no vaya a ser que alguna venga a querer quitármelo porque dizque es de ella y no es así porque Dios me lo mandó para que me pusiera bonita para la entrevista de trabajo. Imagino su cara de satisfacción al encontrar un color que combina con su cabello. En la siguiente parada se baja y antes de que el autobús arranque logro verla pintándose sus labios delgados. El color resalta en su cara. Sonríe ante el espejito en su mano izquierda y su cuerpo se endereza como si el nuevo color de sus labios le abriera un mundo de oportunidades. Guarda el lápiz labial y el espejo en su cartera e inicia su camino con altivez de mujer treintañera.
En el autobús aún varias miradas siguen clavadas en el último sitio en que estuvo el lápiz labial. Cada una refleja una historia, un recuerdo o una esperanza. En mi mente unos labios rojos dan paso a unos ojos muy pintados, con líneas gruesas negras que esconden ojeras y líneas de expresión de una mujer española mayor que yo. El recuerdo me trae una sonrisa. El autobús se detiene. Entra una mujer que busca en su cartera las monedas para pagar y al hacerlo deja caer una metra de vidrio transparente y vetas internas de colores; la mujer hace un gesto de fastidio y de no importarle perderla. La metra rueda hacia la parte de atrás e inicia un zigzag por el pasillo…
Simón Saturno
Junio 16, 2006
miércoles, abril 26, 2006
Metro corto
Y claro, como es el medio de transporte más barato, se la pasa full. Uno viaja un poco apretado, es verdad, lo cual por lo general no es nada agradable porque uno no tiene oportunidad de escoger con quién apretujarse, pero qué se hace. Y eso cuando se logra entrar, porque muchas veces el gentío en el andén es tan peligrosamente grande que uno siente que en cualquier momento suicidan a alguien con un empujón; y la cola es larga para tomar el Metrobús, que si no fuera por el sol que pega o la lluvia repentina sería hasta mejor que ir al cine, por las historias que uno oye o imagina viendo y oyendo a los que esperan que el chofer del autobús termine de conversar con el compañero o con la novia que vino a visitarlo y abra la puerta para entrar y agarrar puesto sentado porque parado te sale apretujamiento. Y uno rogando que no le peguen una de esas enfermedades que se pensaban erradicadas de este planeta o una de esas nuevas, porque más de uno tiene cara de sarampión o de tísico o de pollo tosiendo, y el trayecto por lo general es lo suficientemente largo como para que unos cuantos gérmenes salten de uno al otro por más contorsiones que uno haga para que este que está aquí no me pegue el brazo en el cuello y este otro el esternón en el codo y la de aquí el cachete en el omoplato, como si fuera un juego de Twister pero con desconocidos. Y en Metrobús el viaje siempre es largo, no tanto por la distancia como por la duración porque de tanto peso que cargan esos autobuses ya no dan para más y los amortiguadores son un amor pero no tiguadores. Claro, a veces se compensan las molestias porque ahora los aparaticos de marcar los tiques no funcionan o porque como a la gente no le gusta amontonarse no avanzan hacia el fondo por más que el conductor lo pida hasta con grosería, y no le queda más remedio que dejar entrar por la puerta de atrás y por ahí nadie paga o marca tique, excepto uno que otro extraterrestre que al llegar a la parada va a pagarle al conductor o a obliterar el tique… eso de “obliterar” me quedó…
Y el subterráneo anda pisando los talones del Metrobús porque al apretujamiento se le suma el calor sofocante cuando no funciona el aire acondicionado, que cada vez es más frecuente, y entonces sí se pone fea la cosa porque a veces te toca ir pegado de una o uno que tiene el brazo levantado para agarrarse del tubo porque quedan pocas manillas, y yo lo que hago es cerrar los ojos y hacerme cuenta de que estoy en vacaciones de verano en París, así de paso no veo los espacios del vagón que antes llevaban publicidad o planos de las líneas del Metro y ahora son sólo espacios vacíos con los restos del pegamento del último afiche que estuvo ahí.
Pero bueno, uno se aguanta que los autobuses, las estaciones y los vagones ya no estén tan bonitos porque lo que se paga cuando mucho es la mitad de lo que pagaría si utiliza otros autobuses o busetas, y eso no alcanza para pagar un buen mantenimiento, pero uno sabe que el gobierno de vez en cuando le mete unos reales al presupuesto del Metro para que le ajusten el sueldo a los empleados y dejen la amargura y no la paguen con uno, y para que medio arreglen los autobuses, las estaciones y los vagones, aunque eso signifique que ese año haya menos para los hospitales o las escuelas o para fabricar o expropiar casas, porque ese año el gobierno decidió que todos podían morirse de hambre o de enfermedad o de ignorancia o desbarrancados en un cerro, pero no por no tener Metro.
Pero igual sigue teniendo ventajas utilizar el sistema Metro porque desde que flexibilizaron lo de la apariencia exterior uno puede hacer mercado en las entradas y salidas de las estaciones, porque los buhoneros las rodean y usan sus paredes para soportar sus tarantines y para exhibir sus mercancías -medias, pantaletas, bluyines, frutas, franelas, gorras, cidís piratas, películas piratas y libros piratas- y uno no tiene que perder tiempo andando para comparar precios porque todos venden al mismo precio y la diferencia es la que se logra regateando o la atención al cliente, porque uno echa chistes y el otro la historia de su rancho o las bondades del gobierno o sus maldades, pero siempre hay que revisar bien lo que compras porque típico que vas al día siguiente porque el bluyín estaba roto o las manzanas podridas y quien te los vendió ya no porta por ahí y no te queda otra que vender el pantalón o las manzanas por la mitad de lo que te costó para que se los vendan a otro incauto, y eso cuando compras una radio y de verdad te entregan una radio y no un ladrillo bellamente envuelto porque ¿quién te va a comprar un solo ladrillo por más cuidado que lo tengas?
Total, que si uno sopesa los pro y los contra a lo mejor la cuenta no da, pero el futuro es más tarde y en el presente que es ahorita lo que tengo en el bolsillo no da para más, y el gobierno a lo mejor sacó esta cuenta y decidió que mejor es el pasaje barato y como vaya saliendo vamos viendo, porque lo de invertir para el futuro sólo le dará dividendos -votos, quiero decir- al que estará montado cuando ese futuro se haga presente y además, como el Metro se va deteriorando al mismo ritmo que uno, se siente como si todo estuviera igual porque el deterioro es como el espacio-tiempo y el movimiento pues cumple la ley de la relatividad, y uno termina diciendo que al menos no estamos peor y ya eso es ganancia, por más que a la larga se pierda el Metro.
Simón
Abril 26, 2006
martes, abril 25, 2006
Religiosa escuela
Y como yo no me iba a quedar con ésa empecé a proponer candidatas para que me acompañaran en el deber, tratando que fueran las más simpaticonas y, bueno, más o menos lo logré, aunque me metieron en la junta a uno que no dice ni ñe y de presidente a este gordo más católico que el Papa excepto a la hora de sacar fotocopias a escondidas en su oficina. Y a lo mejor por pensar eso es que me enfrasqué en las primeras reuniones de la junta, en que la educación religiosa en el colegio no debía limitarse al catecismo católico para preparar a los niños para su primera comunión. Y mientras defendía mi tesis, sobre todo ante el presidente, una de las maestras se acercó y comentó que su hijo había sentido miedo de hacer la primera comunión, y recordé cuando en mis doce años, allá en San Felipe, vivía aterrorizado por mis pecados y por el inevitable acercamiento de la Semana Santa y la ineludible confesión ante el cura de la iglesia, y la necesidad que sentía de magnificar mis supuestas violaciones de las leyes de Dios y de la Iglesia para que me creyeran la confesión y me dieran la absolución general que arroparía hasta los pecados que no había recordado, y esa fue la época en que cayó en mis manos -no recuerdo cómo, hasta el punto de pensar que el diablo me lo hizo llegar- la transcripción del debate Russell-Copleston sobre la existencia de Dios, que no recuerdo haber leído, y no creo haberlo leído porque todavía hoy sigo sin entenderlo pero, para mí, saber que aquel señor que me sonaba tan famoso discutía con un cura sobre la existencia de Dios, fue suficiente asidero para declararme ateo y no volver a visitar un confesionario más nunca en mi vida. Y el recuerdo de aquellos tiempos de terror me llevó a proponer que a los niños había que mostrarles otras opciones, pensando que cuando mucho invitaríamos a mi amigo el evangélico a dar una charla o dos, y a un rabino y un musulmán de los de la mezquita de Quebrada Honda y, aprovechando el viaje, un cura de la iglesia de enfrente.
Pero me salió una vocal ex-hippie con remordimientos desde que dejó los Hare Krishna para irse con un pavo hijo de millonario, que se iba los domingos a comer gratis en el templo como si le hiciera falta, y que la convenció de que continuara su búsqueda de placer con él y que se casaran y pasaran su luna de miel en la Costa Azul, bien lejos de la India, y la vocal, ahora divorciada y con tres hijos, quiere ganar indulgencias con Krishna y poner a los chamos del colegio a cantar Hara Hare Rama Rama al ritmo de tamborcitos y campanitas de bronce. Y más atrás saltó la Sra. Paradopoulos o algo así, diciendo que la iglesia ortodoxa griega es distinta de la católica venezolana y el padre Andreas estará feliz de venir a hablar de ella y de recibir grupos de niños en su capilla y yo les prepararía unos tabaquitos de arroz en hoja de parra que se van a chupar los dedos mientras oyen al padre. Y cuando el papá de un compañerito de mi hijo, Salhá, se enteró porque su hijo le comentó lo que mi hijo le había dicho de lo que yo le había hablado, se presentó sin invitación a la siguiente reunión de junta directiva y exigió que se incluyera a un amigo suyo estudioso del Corán porque ya era hora de que se diera a los niños la oportunidad de salvarse y de sacrificarse en la lucha contra tanta herejía imperante. Y como si aquello fuera una fiesta, se acercó un señor de apellido Nahón que segundos antes, a pocos metros de nuestra mesa en el pasillo frente a la biblioteca, preguntaba a la bibliotecaria que por qué no querían prestarle una película a su hijo para verla en casa, por más que tuviera una deuda desde hace meses en la cantina escolar, que de paso no la voy a pagar porque bien fuerte fue la indigestión que le produjeron a mi hijo esas cinco empanadas grasientas que se comió de las que venden ahí, seguramente fritas en aceite rancio desde hace quién sabe cuántos días que hasta aquí llega el olor. Nahón oyó a Salhá y poco le importó la respuesta de la bibliotecaria; se acercó a nosotros y sin pedir permiso empezó a hablar para exigir, mientras con un dedo jugaba con los rollitos de sus patillas, que a los niños, señores y señoras, hay que enseñarles la Torah y poner disciplina porque no me van a negar ustedes que esos cortes de cabello les hacen parecer militares, en lugar de dejarse crecer las patillas como debe ser; y mientras él hablaba del corte de pelo yo comparaba sus largas patillas con las mías y me preguntaba si yo podría confundirme con los de su iglesia.
Y la cosa pasó de fiesta a tumulto porque otras madres que estaban hablando con la Coordinadora de Básica porque no hay suficientes hornos de microondas para que todos los niños calienten su merienda, se acercaron a la reunión y resultó que una es Testigo de Jehová y se llama Estrella y pidió que su hermana Cielo viniera a hacer apostolado, y hasta la señora de servicio -que había venido con el café y unas empanadas frías cortadas en mitades que dejaban ver que las de queso eran sólo de aroma de queso- opinó antes de que la otra terminara que yo soy Adoradora de María y a las niñas del colegio hay que enseñarles a adorar a la madre de Dios para que se dejen de andar coqueteando desde que son unas bebés y dando saltos en la clase de deportes nada más que para que se les vea lo que no se les debe ver.
Pero la cosa no terminó ahí, porque yo siempre de boca floja comenté el asunto con mi hermana, que pasa hambre para pagar el viaje a la India a ver a su maestro contador de anécdotas en quién sabe qué lengua, a quien fui a escuchar la última vez que vino a Venezuela porque acepté la invitación de mi hermana, y me pareció que el verdadero maestro como que era el traductor, y mi hermana se empeñó y cuando se empeña es mejor complacerla porque si no se pone insoportable, en que cuadráramos para que en la próxima visita del Maestro lleváramos a los chamos al asram para que lo vieran a los ojos porque una mirada bastará para sanarlos e iluminarlos e iniciarlos en el camino del hinduismo, y les solté la propuesta, lo que ayudó a calmar un poco la reunión porque más de uno se quedó pensando si yo hablaba en serio. Y claro, si la idea es que los niños conozcan todas las corrientes de pensamiento religioso, yo no me iba a quedar tranquilo hasta que aceptaran que también había que dar cabida a un ateo o a un ateo creyente como yo que no creo en Dios pero creo en brujas y espíritus, y al final aceptaron no tanto porque los convenciera de la solidez de mis creencias sino por mi terquedad y porque ya se acerca la hora del almuerzo y nos vemos la semana que viene si Dios quiere.
Pero el asunto se puso de lo más diabólico en la siguiente reunión cuando tratamos de resolver el punto de distribuir el tiempo para hablar en clases de cada religión porque lo que hay previsto son sólo dos horas por semana y unas pocas semanas de clase al año, por más que a mi chamo le parezca que son como cien, porque una que no sé de dónde salió -porque las reuniones de Junta ya eran como asambleas- dijo que mitad y mitad para las monoteístas y las politeístas; y yo casi propongo que mitad y mitad para los ateístas y para los que no; y Salhá, que se convirtió en miembro permanente de la Junta por autoaclamación, exigió que mitad y mitad para los cristianos y los no cristianos, y después echó cuentas y propuso que a cada religión en proporción a su cobertura mundial; y la griega decía que no todas las religiones cristianas eran iguales y que había que diferenciarlas y que a cada una igual tiempo; y una “hermana” de mi hermana, que se había presentado puntualmente, sugirió que porque sí había que llevar a los chamos al asram y para eso tienen que prever un día completo, porque una hora de viaje de ida y una hora para comer la comida bendita y otra para escuchar las anécdotas y otra para que los muchachos en fila vieran cada uno a los ojos al Maestro después de que éste haga su hora de siesta después de las anécdotas, y una hora para regresar si es que no es hora pico porque la autopista de El Valle se pone lenta como una procesión del Nazareno de San Pablo de Santa Teresa.
Y mejor que no hubiera nombrado la “hermana” de mi hermana a esa procesión porque saltó uno que resultó ser defensor bolivariano de la cultura popular y que hasta ese momento había sido suplente de vocal con voto pero sin voz por lo tímido, y exigió que a la cultura religiosa del soberano hay que darle preferencial espacio en el tiempo -Einstein demostró que no son independientes- y que yo hablaré con la Supervisora de Distrito que es amiga mía para que apruebe una hora a la semana para eso, y ahí sí que se pusieron de acuerdo todos en un solo santo y se armó la sampablera y todos querían sermonear al mismo tiempo, hasta que no quedó otra que nombrar una comisión que se encargara de redactar una propuesta de acuerdo para someterla a la Dirección del colegio, propuesta que estuvo lista en un par de semanas y que, con las correcciones de estilo finales de la Junta religiosamente ampliada, quedó más ambigua que un acuerdo condenatorio de la OEA, y al final la Directora, católicamente, le dio el engavétese de costumbre, con lo que el cura de la parroquia sigue ejerciendo el monopolio de las dos horas semanales durante unas pocas semanas antes de la primera comunión de los chiquitos, aunque le diera miedo al hijo de alguna maestra, y mientras tanto los hijos de Salhá, de la griega, de la Hare Krishna, de Nahón y de la Testigo se divierten echando carreras en la cancha de fútbol que, dicho sea de paso, ya es hora de que le cambien el sustrato porque ese polvito de ladrillo rojo mancha zapatos, medias, pantalones y franelas y no hay detergente que lo quite, por más religioso que sea el lavado.
Simón
Abril 24, 2006
jueves, abril 06, 2006
Creo
El Dios en que creo es todo y es nada; no me sirve, o mejor dicho, no me presta servicio; simplemente está ahí, perfecto. Cuando veo la desesperante imperfección del mundo en que vivo, mi mente se disfraza de astronauta y empiezo a ascender en el espacio. Apenas iniciado el viaje, los seres humanos desaparecen de mi vista, luego los contornos de las ciudades y las líneas de las autopistas; las luces de las ciudades y pueblos, en el lado en que es de noche, se aprecian sólo durante unas fracciones de segundo en este viaje de alejarme de este mundo en busca de otra perspectiva. Unas fracciones de segundo más y traspaso los límites del sistema solar; la Tierra desapareció de mi vista hace unos instantes. Volteo y desaparece de mi mente la impresión de un viaje en retroceso. Dejo atrás la Vía Láctea, me enfrento al espectáculo de miles de millones de galaxias y me detengo. No percibo movimiento ni sonido alguno. La inconmensurable masa de estrellas parece inmovilizada en un caldo de plexiglás petrificado e invisible. El tiempo se detiene. El asombro da paso a una sensación opresiva de soledad.
En un parpadeo vuelvo al sofá en el que se inició mi viaje. La sensación de soledad desaparece. La televisión sigue mostrando la misma imagen que al iniciar mi viaje. No ha transcurrido ni un segundo. Una mujer de expresiones rabiosas clama justicia; otra pide la pena de muerte para los secuestradores asesinos. La tristeza vuelve a mi pecho y a mis ojos. Casi instintivamente cambio el canal y contemplo las imágenes de un submarino ruso destruyendo un barco cargado de más de nueve mil civiles durante la segunda guerra mundial. Vuelvo a cambiar y un noticiero explica las razones de que un movimiento terrorista haya ganado las elecciones en Palestina. Marco el número de un canal local y aparece un analista internacional hablando del apoyo del gobierno al programa nuclear iraní.
Vuelvo a parpadear y me encuentro de nuevo paralizado en el caldo negro de estrellas. La humanidad, perdida en algún minúsculo e inapreciable grano alrededor de una estrella en alguna de esas brillantes galaxias, es hasta ahora sólo un accidente doloroso para quienes lo protagonizamos, pero imperceptible para este Dios, para este Dios perfecto del que soy parte imperfecta.
Simón Saturno
Abril 6, 2006
miércoles, marzo 29, 2006
Una cola del Metrobús
La cola avanza, llena de historias. El conductor recibe una chispa de cada una en las monedas y billetes que recibe para comprar los tiques; nadie, ni siquiera él, nota el minúsculo resplandor que producen las chispas en su mano, y el casi imperceptible temblor que produce la corriente que lleva la información de esas historias a su subconsiente. Él también tiene la suya, que se adivina angustiosa en este momento, pues su cara de enojo es por algo más que conducir en calles de tránsito lento bajo este sol ardiente. El autobús se llena hasta que la separación entre cuerpos desaparece y el pudor debe ser reprimido. Miro a la chica sentada a mi lado y con la mirada le pido excusas por invadir su espacio, empujado por la gente que se agolpa en el pasillo; ella me devuelve una leve sonrisa de comprensión y me le quedo mirando más de lo necesario; ella voltea hacia la ventana para cortar el instante de incomodidad. Una voz masculina, fuerte, protesta algo groseramente por la cantidad de gente que ha entrado en el autobús. Una señora mayor ha venido a sentarse casi a mis pies, mientras otra que le acompaña comenta que parece no haber caballeros en el autobús. La chica a mi lado hace el intento de pararse para cederle el puesto, pero la señora se niega y afirma estar bien donde está. Yo hago como si el comentario no fuera conmigo y sigo escribiendo. Mi historia, que hoy siento pesada y agobiante como una calina, parece querer esconderse tras las de otros, aún en una cola de Metrobús.
Simón Saturno
Caracas, marzo 28, 2006
martes, marzo 28, 2006
La comida más sabrosa
Por eso las Lunas de Miel son indeseables para quienes gustan de la buena comida, o mejor dicho, quienes gustan de la buena comida y pasaron por una Luna de Miel, lo lamentarán mientras vivan con quien compartió con ellos esos días en que el mundo estuvo invadido por una niebla rosada, un sonido de campanas, un aroma de jazmín y caminos de nubes. Tal vez fue eso -alguna advertencia de ultratumba de mi padre- lo que me llevó a que mi Luna de Miel transcurriera en un hotel barato de la Colonia Tovar en el que la comida era bastante normalita, más bien tirando hacia lo mediocre, lo cual salvó mi vida gastronómica posterior de tener por siempre la referencia imbatible de esos días, como ocurre con quienes durante su experiencia neomarital deciden ir a los mejores restaurantes. Mis referencias invencibles se limitan a otros aspectos de la vida: Ya tú no eres tan espontáneo como al principio, me dice; me acuerdo que a cada rato me regalabas una flor. Claro, en la Colonia Tovar uno encuentra flores por doquier y yo las arrancaba y se las daba porque me gustaba como se reía con tantas flores silvestres en sus manos. Pero en Caracas hay que estar mosca para encontrar flores en el trayecto de la avenida Francisco de Miranda a La Trinidad o desde Los Cortijos hasta la esquina de Pajaritos. Si acaso encuentra uno unas matas de árnica con sus flores amarillas que se marchitan en un santiamén, o un lirio de flores rojas bellísimas en el jardín de un edificio con un guachimán al lado, a lo mejor no tan man pero sí bastante guachi guachi, así que no queda otra que ir a la venta de flores y sí, yo sé que le gustan, pero en el fondo sigue pensando que ya no soy tan espontáneo. En la Colonia, en los días del sonido de campanas, se encontraban pastelitos y galleticas por todos lados, y yo los compraba y se los daba en la boca porque me excitaba la manera en que me mojaba los dedos con sus labios, y nada de pensar en calorías y carbohidratos. Hoy, ya no tan joven como entonces, ni tan deportista, cualquier pastelito, además de que nunca es tan bueno como los de aquellos días, es un atentado contra su figura y una muestra de que lo que quieres es engordarme para después andar viendo rabos por ahí y cinturas delgaditas porque tu esposa parece una vaca, además de que la espontaneidad desaparece en el camino de la pastelería a la casa.
Pero me estoy saliendo del tema: el efecto de los factores distintos de la habilidad culinaria del chef y la calidad de los ingredientes. A propósito de éstos, me viene el recuerdo de mis cruzadas contra la harina de maíz precocida y la margarina. Contra la primera, por allá en los años sesenta, hice sentir ante mi madre mi formal protesta, por sustituir la masa hecha en casa, de maíz pilado cocido y molido en casa, por aquella harina precocida sin sabor ni textura, inventada con la excusa de rescatar el consumo de arepa venido a menos. Mi protesta fue debidamente ignorada, porque evitar el cocido y la molienda del maíz ahorraba una gran cantidad de trabajo. Volví a hacer sentir mi protesta cuando en lugar de comprar la masa de maíz pilado para hacer las hallacas en diciembre, mi madre decidió hacerla en casa con aquella harina, pero el resultado de mi protesta fue el mismo: total indiferencia. Mi cruzada contra la margarina, por allá por los setenta, duró sólo un día. Me puse de acuerdo con ocho amigos y nos fuimos a las areperas; hacíamos como si fuéramos a pedir una buena cantidad de arepas rellenas, con comentarios como yo me voy a comer por lo menos tres, pero entonces yo soltaba un ¡Alto! bien audible, ante el cual se detenía la preparación de las arepas, y yo preguntaba ¿Eso es mantequilla o margarina? ¡Margarina! contestaban enseguida porque en aquella época se había regado la especie de que la margarina era más sana, y todos nosotros al unísono gritábamos un ¿Qué! que hacía pelar los ojos y enmudecer a los empleados de la arepera, luego de lo cual salíamos del local sin comprar ni pagar nada, comentando casi a gritos que ya las arepas no eran lo mismo con esa grasa insípida. El espectáculo lo representamos en cinco areperas -en Colinas, Chaguaramos, La Castellana, la Andrés Bello y Quebrada Honda- y cuando fuimos a la sexta mis amigos se sentían muertos de hambre, se negaron a repetirlo y se comieron sus buenas arepas, hasta tres cada uno, untadas de margarina, y me hicieron pagar porque aquella cruzada era invento mío. Más nunca.
Una vez más me fui por las ramas como si Alois me trasformara en un Tarzán de las ideas. Recuerdo la época del cortejo a la que sería después mi segunda esposa. Nunca he vuelto a encontrar, ni siquiera en la misma pastelería, aquel pastel apenas dulce con forma híbrida entre caracol y cuerno, de láminas de hojaldre que yo deshojaba con los dedos y metía en la boca de mi amada hasta que no había más remedio que irnos a la cama. Ni el dulce árabe caliente y mórbido que una vez, una sola vez comimos en el Soledad. Tal vez ha seguido en el menú, pero ninguna de las descripciones de los postres encaja con las sensaciones que aquella única vez nos produjo y que seguimos recordando con nostalgia.
Y es que pareciera que la pasión amorosa es como el glutamato monosódico pero sin sus efectos secundarios -cancerígeno cuando se consume en un mes una cantidad superior al peso de la persona, según revelan los estudios con ratas y gusanos de palma- pues resalta hasta lo inigualable el sabor de las comidas, sobre todo si son consumidas en primera vez: primera vez que se come o primera vez que se come en un sitio. De ahí en adelante no habrá cachapa como las de La Unión o sushi como el de la taguarita de La carlota, ni comida china como la del restaurante que llamábamos Kuan We porque nunca pude recordar su nombre, o Martinis como los del Paseo o pescado frito como el de La Restinga.
Total, que entre lunas de miel -porque si se te ocurre la genial idea de casarte más de una vez tendrás varias, y en esto se parecen las lunas de miel a las suegras, pues las esposas pasan pero ellas se acumulan- entre lunas de miel, decía, y primeras veces, el menú de platos que podrán impactarte se va reduciendo por desaparición de los normales, los típicos y los internacionales, y no hay más alternativa que acudir a las exquisiteces -que si buñuelos de plátano rellenos de crocante de pargo con lluvia de ajonjolí tostado y salsa balsámica, o salteado de atún con tiritas de jalapeño en chip de plátano verde- lo cual te conduce a restaurantes caros y a grandes desilusiones porque el pastel tostado de maíz embutido de briznas de carne con coulí crudo de aguacate y tomate verde no era sino una simple arepa de carne mechada con guasacaca.
Y Alois pareciera ser impotente ante esos recuerdos gastronómicos de referencia, porque se me puede olvidar si me acabo de lavar los dientes porque no sé si el sabor que tengo en la boca es menta de crema dental o es huevos con tocineta del desayuno que acabo de comer, pero jamás olvidaré las empanadas de cazón que me comí contigo mi amor en el mercado de Conejeros de Porlamar al lado de todos esos frascos de frutas picadas. Y entonces pienso que lo mejor ante la ruina económica que promete la búsqueda de exquisiteces, es vivir cada momento como si fuera la primera vez, y con cada pareja como si fuera Luna de Miel, sin recordar momentos pasados… Quién sabe, a lo mejor al final de mis días pueda, aunque sea acompañado únicamente por Alois, volver a saborear una cachapa como nunca la he comido.
Simón Saturno.
Caracas, marzo 28, 2006
lunes, marzo 27, 2006
Regular vivienda
Y si un rancho en tales condiciones cuesta cincuenta millones ¿cuánto puede costar la regular vivienda que ando buscando, una casita con jardincito plano y bien sustentado, sin peligro de agrietarse y derrumbarse, en la Gran Caracas? Resulta pues que lo que tengo no me alcanza ni para la cuota inicial, que creía tenerla hasta el día en que el gobierno empezó a ofrecer aquella cantidad por las precarias viviendas de los cerros inestables. Ahora la cuota inicial de la casita que busco se montó por las alturas de las nueve cifras bajas, como dice mi banco cuando da una referencia, aunque cuando la ha dado de mi cuenta no llega a las seis cifras medias.
En vista de la catástrofe económica en que me ha sumido el precio mínimo así establecido en el mercado de viviendas, decidí irme a las colas de CONAVI en Las Mercedes para ver si me metía en esa rifa, o para ver cómo conseguía mi numerito. Muy fácil, me dijeron, consíguete un Certificado de Damnificado. ¡Ay, papá! dije yo, ¡qué manguangua! Tengo sopotocientos amigos y familiares que pueden dar fe de lo damnificado que estoy, con todas las de la Real Academia de la Lengua, porque soy víctima de grave daño de carácter colectivo, pues yo no soy el único que anda en esta pelazón desde que utilizan las famosas listas para dar trabajo, o para negar trabajo. Bájate de esa nube, me dijeron, porque los Certificados de Damnificado los otorga el gobierno entre escombros a pie de cerro, y para eso tienes que tener un rancho a punto de caerse y de matar por lo menos tres votos, a no ser que quieras comprar un Certificado, que seguramente los venden, y, claro, deben estar aumentando cada día de precio apuntando a los cincuenta millones y vas en góndola porque te ahorras el camión de mudanza, así que apúrate.
Mientras tanto los reales de la cuota inicial van esfumándose poco a poco por estar pagando el apartamento alquilado donde vivo, supuestamente regulado desde hace años. Pero la regulación lo que hace es incentivar la imaginación de los propietarios y de los que buscan un inmueble donde vivir, que inventan combinaciones de comodatos y giros, arrendamientos y letras, arrendamientos con pago de condominio, arrendamientos con pago de muebles (un escaparate carcomido por los comejenes y los años y una lavadora incapaz de hacer un ciclo completo sin hacerse la muerta a medio camino), contratos de un año sin prórroga y renovación con nuevo canon, arrendamiento sin contrato, pagos por traspasos, cuota por la llave y quién sabe qué otras figuras jurídicas más que al final lo que hacen es hacer todo más caro, más incierto y más angustiante.
Por fin, cuando vi mi cuenta bancaria en descenso inversamente proporcional al aumento de la cuota inicial, fui a donde mi amigo el economista para ver en qué estaba equivocándome al sacar las cuentas, y mi amigo el economista me dijo que mis cuentas estaban bien; llegué a pensar que ya no era mi amigo porque me dejó deprimido y perplejo, porque la conclusión es que tengo dos opciones: seguir matándome exponencialmente otro cerro de años para tratar de alcanzar la cuota inicial, o mudarme para un cerro empinado durante un par de inviernos, claro está, escogiendo bien el cerr… ¡Epa! ¡Para qué soy ingeniero sino para ingeniármelas? ¡Amigos, les invito a invertir en una empresa de estudios de suelos, certificadora de terrenos de alto riesgo, óptimos para construir ranchos con garantía de derrumbe en pocos meses! Para constituir la empresa necesito un ingeniero de suelos para que me diga cuáles son los terrenos inestables; un periodista para que anuncie y denuncie los inminentes derrumbes; un contador para que lleve los libros porque tampoco es que vamos a montar una pulpería; un guapo de barrio que se atreva a adentrarse en el bulevar de Sabana Grande, el de Catia y el Centro Simón Bolívar ofreciendo los terrenos certificados garantizados para construir ranchos de corta vida; y unos inversionistas para reunir los reales para comprar el equipo de estudio de suelos, la computadora para hacer simulaciones de deslizamiento de los terrenos y ponerle precio a los terrenos en función de la cortedad de sus vidas, y la impresora para emitir los certificados y las garantías. El primer terreno certificado será destinado a pagar dividendos de los socios, a menos que éstos quieran construir en él, lo cual no es mala idea. Será una empresa de interés social porque es de interés de los socios, y para mayor seguridad de éxito tendrá la forma de cooperativa porque cada uno de ustedes estará cooperando para que yo tenga mi regular vivienda en un futuro próximo. Gracias, amigos. Les llamaré para la firma en el registro.
Simón
Marzo 27, 2006
domingo, marzo 19, 2006
Mundo borroso
Parece ser, y sólo parece ser porque hasta ahora la palabra de los bebés de menos de cinco años no es del todo confiable, pues uno no sabe si los amigos invisibles que dicen tener son inventados o realmente existen, parece ser decía, que la gente nace con la capacidad de ver el desvanecimiento del mundo, pero con tanto que lo corrigen a uno papá, mamá, abuelas, abuelos, tíos, tías y todo pariente que aunque tenga apenas unos días más de edad ya se cree con autoridad para decirle a uno no tú no estás viendo una nube sino a tu abuela, terminan por convencerlo de que lo único que existe es lo llamado “físico”. Claro, más adelante, cuando el cuento de lo puramente físico empieza a agrietarse por incoherente con el día a día, le meten el cuento de los fenómenos paranormales o el de los espíritus, su gran variedad de formas de manifestación, sus poderes, sus milagros, y el pastel que se forma en la cabeza es un pesado mapa agarrado con alfileres que a la menor brisita se descuelga y se va al piso, y termina uno acostado en el diván de un psicoanalista que trata de disfrazar sus servicios con el cuento de la relación analista-paciente que no se puede romper así como así y hasta puede durar años porque casi vamos a ser hermanos y no se olvide pagar puntualmente incluso las sesiones a las que no viene; o yendo a donde un psiquiatra que te llena el estómago de pepas y el cerebro de efectos secundarios, primarios y terciarios, algunos con éxito porque empiezas a ver borroso, pero en ese momento te mandan al oculista, que te manda a eliminar las pepas que te mandó el otro, y empiezas a sentirte como pelota de ping pong yendo del uno al otro dizque buscando la combinación ideal de pastillas psiquiátricas y oftalmológicas, hasta que te destrozan el estómago, el hígado, el páncreas y las tripas y vuelves a empezar a ver borroso, pero meten a un tercero en el juego, que es el gastroenterólogo, y se reinicia el ping pong pero con tres raquetas. Con el tiempo van apareciendo más raquetas hasta que no hay lado de la mesa por donde escapar.
Pero resulta que las incoherencias del pesado mapa mental son tantas que terminan siendo pruebas irrefutables de la difuminación del planeta y el universo entero, porque si no dime tú a qué se debe que cada vez sea más la gente que no entiende lo que está pasando y prefiere quedarse encerrada en casa sin importarle lo que sucede a su alrededor, excepto si lo pasan en televisión o lo averigua por Internet, y por aquí mejor porque se entera cuando le da la gana y si lo ve borroso dice que es un efecto especial que le parece bonito o feo pero siempre irreal y no interfiere con su esquema mental, y si le parece que va a interferir cambia para otra página Web por más que le aparezcan popups fastidiosos; o dime tú por qué cada vez es más la gente que cree que está unida a otras personas por lazos invisibles que no puede romper por más que lo intente, o que piensa que el aletear de una mariposa en Japón (¿sólo en Japón aletean las mariposas capaces de tales efectos?) puede producir la conversión al Islamismo de un comandante en Venezuela; o por qué se te paran los pelos cuando se te paran los pelos como si hubiera cerca un imán de vellos, sin que estés pasando por encima de una central de generación de electricidad; o por qué presientes que alguien se va a aparecer y se aparece. La respuesta es la desintegración de todo, que produce una especie de niebla alrededor de cada cosa, como una nube de sudor o de aroma, alrededor de lo que entendemos como superficie, que hace que el contorno sea difuso, impreciso… borroso.
Y creo que el espesor de esa niebla está aumentando en cada cosa, en cada uno de nosotros; de eso me doy cuenta en cada encuentro con amigos, con compañeros de trabajo, con extraños, en la calle, en la casa, dondequiera, o cuando veo la luna o las estrellas; de tal manera que la niebla alrededor de uno empieza a confundirse con la del otro cercano, con la del que pasa por el lado, con la de la silla en que se sienta, y todos empezamos a formar parte de una sola nube, una sola gran nube, una sola y única gran nube.
Desde hace días guardé mis lentes en sus estuches. Estuve a punto de botarlos… corrijo: no los boté, porque uno nunca sabe cuándo me va a dar por chuparme un dedo y volver a las andanzas. Los lentes son filtros que no dejan pasar la luz proveniente de la nube. Algún día, cuando todo esté al extremo de lo borroso, cuando todo sea por fin una sola nube homogénea, los lentes de toda la gente no dejarán pasar nada; filtrarán todo y cuando la gente se los quite no verá diferencia alguna; pensarán que se quedaron ciegos y cuando intenten volver a colocárselos en la nariz sólo encontrarán una niebla inconsistente y escucharán el sonido de los lentes estrellándose contra el piso. Tal vez ese ruido les haga entender.
Simón Saturno
Marzo 19, 2006
martes, marzo 14, 2006
Mi dulce venganza
Cuando descubrí el poder de mi llanto, basado sobre todo en que mis padres reaccionaban como principiantes, como si mi hermano mayor no hubiera dado quehacer unos meses atrás, me sorprendía yo mismo al observarme llorando a moco tendido por el solo motivo de sentirme fastidiado porque ya estaba harto de chupar los dedos de mis pies o porque no podía quitarme los escarpines. Bueno, la verdad es que el llanto nocturno fue cosa de todos y cada uno de los días durante mi primer año de vida, lo cual les hacía dudar de si la salud que dejaban ver mis rollizos brazos y piernas era sólida y si tenía alguna grieta en algún lado. En su búsqueda de las causas de mi llanto desenfrenado, mamá me fue quitando uno a uno el gorro de lana, los guantecitos, los escarpines, el chalequito, el mono y me dejó con una simple franelita de algodón o desnudo. Yo reía con la eliminación de cada una de las piezas de vestimenta y la liberación hacía disminuir la intensidad de mi llanto; algo dentro de la cabeza de mamá le decía que aquella indumentaria era apropiada para los inviernos de la madre patria pero no para Maracaibo. La desnudez me permitió no sólo posar para el fotógrafo aficionado que era papá, sino divertirme por un tiempo contemplando mi cuerpo, además de que resultaba todo un alivio en el calor sofocante de las tardes de aquella ciudad, pues pocas veces podía disfrutar de la brisa, metido como me tenían casi siempre en mi moisés o en la cuna. El observarme llorando producía una paralización repentina de mi llanto. Al principio mi abuela y mamá estuvieron extrañadas por esas interrupciones súbitas de mis llantos, a veces seguidas de carcajadas al descubrirme en tales faenas manipuladoras, pero cuando la autoobservación empezó a adelantarse a mi intención y me impidió llorar por pendejadas, se contentaron de tener un bebé tan tranquilo… ¡Claro, la procesión iba por dentro!
Hoy en día, luego de todos estos años de observación, la cosa me está cansando. Con el paso del tiempo se ha venido concretando una disociación entre el que observa y el observado. La diferenciación es nítida, palpable, como si un ser invisible estuviera pegado a mi espalda. Prácticamente no hay acto de mi vida donde ese alguien que observa no esté pendiente, instalados sus ojos en la parte trasera de mi cráneo como si fuera un conductor de esos autos de pique largos de ruedas delanteras delgadas que tienen el motor justo delante del puesto del chofer, anotando cuándo me las echo, cuándo me hago la víctima, cuándo me pongo testarudo, si me deprimo, si me enojo, si me alegro, si lloro, si río, si no entiendo y hago como que sí, si coqueteo, si le doy muy rápido o si voy lento, si estoy estresado o tranquilo, si me duele la cabeza o el riñón o las articulaciones, si no me duele nada, si escribo, si no escribo, si tengo calor o frío o nada de eso, si siento o no siento o me siento, si me emociono o no, si soy indiferente o diferente. Total que de tanto observarme o que me observe el conductor si es que es otro, lo que siento es que la espontaneidad se fue pa’l carrizo y ya no puedo ni sudar sin preguntarme si lo hago porque mi cuerpo está utilizando un mecanismo para refrescarse o si me bajó la tensión o es nerviosismo y por qué estoy nervioso o hipotenso, en lugar de dejar que el cuerpo eche agua y sales pa’ afuera y ya; y ya no puedo mirar a una mujer de formas voluptuosas y pantalón apretado que pasa por mi lado sin preguntarme si soy fiel o soy polígamo por naturaleza o por convicción religiosa o por decisión, si tengo disfunción eréctil o ya no es suficiente un buen rabo y unos muslotes y un caminar cadencioso para excitar mi imaginación etcétera; y ni siquiera solazarme con el jabillo inmenso que da sombra en la esquina de la casa sin que venga a mi mente la pregunta de si lo estoy viendo porque refunfuño contra los urbanistas que lo plantaron ahí sin pensar que cuando estuviera en su mayor esplendor habría que tumbarlo, porque las aceras ya no sirven para transitar; o si me trae recuerdos de una vida anterior en la que fui un indio Warao que hacía casabe y por lo tanto era una india Warao que hacía casabe a la sombra de los árboles, y de ahí arranco a verme por dentro para medir hasta qué punto me interesan los Warao o los Yanomami o los Goajiros, o si sólo los considero parte del paisaje selvático y si tienen más derechos o algún derecho en esta revolución, como no sea el de permanecer impolutos en su monte sin ni siquiera una misión alfabetizadora o barrioadentrizadora, que por esos lares deben llamarse Selva Adentro o Monte Adentro.
Y me pregunto si en algún momento de mi vida, en las postrimerías de este siglo, transhumanizado a punta de prótesis y trasplantes e implantes e inyecciones, habré aprendido a actuar sin plan, sin prejuicio, sin temor, con total indiferencia digo yo, porque lo que pone a funcionar al observador interno como que es la ignorancia de por qué hago las cosas, y lo que le estimula la manía escrutadora es la curiosidad de saber por qué las hago. Sí, de aquí a allá el observador ni se ocupará del observado porque ya me conocerá al pelo y… ¡Claro! ¡Es eso! ¡Conocerme a mí mismo pone a dormir al observador! ¡Vaya, descubrí el agua tibia!: lo que no pudieron hacer todos los libros, o mejor dicho, todas las carátulas y contraportadas de libros de autoayuda que leí buscando uno que no dijera que el objetivo final es conocerse uno mismo, lo hizo el fastidio de observarme, que no es otra cosa sino la mejor manera de lograr ese conocimiento porque libros sobre mí mismo no debe haber muchos.
¡Ajá! ¿Y ahora qué hago? Descubrí al observador, su intención, su motivo, la forma de inmovilizarlo. ¡Ja ja! ¡Ahora puedo dedicarme a observar al que me observa! Observaré que me observa observar y seguramente se fastidiará de ser observado. ¡Será mi dulce venganza luego de todos estos años! ¿O empezaré a preguntarme si en lugar de dos somos tres: el que hace, el que observa al que hace y el que observa al que observa al que hace?
Simón
Marzo 14, 2006
martes, marzo 07, 2006
Aprendizaje de peatón
Pero no nos desviemos del objetivo inicial porque ya tenemos bastante con tener que desviarnos por una trocha de contingencia con tremendo talud casi vertical al lado que con cualquier lluviecita se nos viene abajo si la gramita esa que le sembraron no pega. El asunto es que los peatones somos más y por lo tanto… y por lo tanto… bueno, este argumento como que tampoco es muy bueno porque si a ver vamos eso de la democracia aquí se parece mucho más a la de los griegos en el tiempo de los griegos, porque para ellos el demo no era el perraje sino los que eran capaces de leer y entender lo que escribía Sócrates, y cuando sacaban la cuenta el demo era cuando mucho el quince por ciento de la población pero igual se hacían los griegos y seguían mandando y mandaban al ejército y mandaban a los demás a freír monos por más que fueran más y la cracia del demo no les hiciera mayor gracia. Pero lo cierto es que los peatones somos más y podemos atravesarnos en las calles y parar el tráfico sin que nos pongan multa, porque dime tú qué número de placa va a poner el fiscal en la boleta porque seguro que ni se atreve a mirarle el rabo a uno para ver si lleva y mucho menos si es una morena de ésas que tiene tremenda maleta porque le puede salir carterazo por pasao.
Pero mejor dejemos lo del principio básico para cuando haya pensado mejor el asunto y pasemos a lo de las enseñanzas, que las voy a decir en completo desorden alfabético para que no me discutan que si ésta es más importante que aquélla:
Primero: El deambular peatónico me ha enseñado que la inteligencia necesaria para manejar un vehículo automotor no es suficiente para entender que las franjas blancas que pintan en la calzada, transversales a la línea entre esquina y esquina, no son para disfrazar las calles de cebras o para que los conductores apuesten a pasar las ruedas por los espacios entre ellas o para que las comparen con el tamaño de las puertas del vehículo parándolo encima de ellas.
Segundo: Esa inteligencia tampoco es bastante como para entender que los escasos semáforos llamados de peatones que hay en la ciudad, no son para indicar a los conductores de vehículos que esa zona es como un polígono de tiro en el que las balas son los carros y los blancos son esos individuos que en lugar de cuatro ruedas tienen dos patas, para que les apunten con la estrellita o la palomita o la línea central del capó.
Tercero: Cuando la inteligencia necesaria para conducir un vehículo se suma a la disponibilidad económica suficiente para comprar una camioneta cuatro por cuatro o que parece cuatro por cuatro, la comprensión de para qué son las aceras disminuye a niveles casi imperceptibles, y que desde la ventana de uno de esos vehículos, los que circulan cerca se ven igualitos a los arbustos que son triturados con los cauchotes del vehículo cuando se explora una montaña para probar la mocha.
Cuarto: Cuando llueve, la inteligencia aquella se humedece, se oxida, se corroe y se disuelve hasta el punto de hacer imposible de entender a qué se debe que cuando el vehículo pasa velozmente por un charco ubicado cerca de la acera por donde caminan algunos peatones, salta una especie de catarata invertida y arqueada que impepinablemente cae sobre los mencionados caminantes y les deja la ropa como braga de mecánico pero empapada y ni te cuento del peinado de peluquería, y produce un pitico ensordecedor en los oídos de la mamá del conductor, encuéntrese donde se encuentre.
Quinto: El daltonismo es un defecto que no se descubre con las tarjeticas con puntos de colores que muestra el médico que emite el Certificado Médico de Conducir mientras está hablando por el celular o sacando la cuenta de cuánto se va a ganar con la cola de gente que tiene afuera esperando o conversando con la secretaria de qué vas a hacer esta tarde mi amor cuando terminemos con esto.
Sexto: Lo de instalar semáforos en las esquinas de las calles por donde circulan los vehículos automotores es una excusa para que se metan unos reales unos empresarios que los fabrican e instalan y unos alcaldes y concejales que los contratan, porque con tanto daltónico manejando da lo mismo que la luz esté en verde o en rojo o en el color que sea, que igual tienen los peatones que pasar corriendo y rogando a Yemayá que no me lleves en esta esquina por favorcito.
Séptimo: El acto de conducción de un vehículo afecta la percepción espacio-temporal y las facultades auditivas del conductor de manera que éste puede detenerse a echarle un piropo a una peatona que está más buena que el pan de piquito, y quedarse lelo viendo cómo se bambolean sus redondeces al caminar y no escuchar a los conductores que detrás de él le gritan expresiones admirativas sobre la parte externa del aparato genital de su progenitora, o a los otros peatones que ratifican esas expresiones mientras esperan que mueva su vehículo de las franjas blancas pintadas en la calzada, para poder llegar al otro lado de la calle, cosa imposible porque ya los otros conductores están pasando por los lados como alma que lleva el diablo, previa mirada fulminante al conductor piropeador.
Octavo: Los que deciden dónde pintar las franjas blancas, al terminar su jornada laboral agarran su carro para irse a casa y no tienen la menor idea de lo que es tener que caminar una cuadra entera para encontrar unas franjas de esas para cruzar la calle, y después tener que devolverse porque en la otra esquina se acaban las franjas y no hay por dónde cruzar a donde uno quiere ir.
Noveno: Los que deciden colocar barandas en medio de las calles para que los peatones no crucen, también tienen su carro para irse a casa o se van en la cola que les ofrecen los que deciden dónde pintar las franjas blancas.
Décimo: Los Alcaldes que en los años electorales deciden hacer todas las obras de ornato y mantenimiento que no hicieron en los años anteriores, cuando inspeccionan las obras y tienen que escalar los montículos de piedras, arena y escombros esparcidos en lo que queda de aceras, van rodeados de aduladores y encantadores de serpientes empecinados en convencerlos de que todo estará listo en la fecha prevista y antes de las elecciones, y ni cuenta se dan de que están caminando.
Penúltimo, y no por que no haya más de una docena de enseñanzas sino porque me voy a dedicar a analizar lo del principio básico: Los urbanistas y ecologistas que se oponen a que se corten las raíces de esos inmensos, ancianos y desubicados árboles que levantan las aceras de las calles de la ciudad capital y las transforman en retos para el Proyecto Cumbre, se parecen mucho a los que deciden dónde se pintan las franjas blancas o dónde poner las barandas aquellas, en cuanto a la forma de regresar a sus casas después de la jornada laboral.
Y último: Los que deciden construir aceras altas para retar a los de las cuatro por cuatro y mandan a poner unas rampitas cortas con inclinación de cuarenta y cinco grados para echárselas de amigos de los discapacitados, jamás en su vida se han montado en una silla de ruedas, ni siquiera cuando fueron niños y los llevaron a una clínica a visitar a ¡su madre que los parió!
SimónMarzo 07, 2006